06 octubre, 2015

[Encierros. Sobre La Otra Ciudad de Catalina Infante].Por Pablo D. Sheng

Pablo D. Sheng nos escribe sobre La otra ciudad (Imbunche, 2014) de Catalina Infante.

Encierros

Del relato de Catalina Infante emerge la brutalidad de una sintaxis tensa. Asimismo, la historia parece inconclusa por el modo en que el fastidio se acumula mediante el relajo. Estos resabios parten desde una mujer que está separándose hasta una niña encerrada que mira por su ventana cinco perros setter irlandés. O, también, provienen de imágenes fallidas: un hombre que construye su gallinero; su mujer lo mira mientras, al alero de su perro, toma mojitos sin alcohol y piensa en hacerle el amor a su pareja día por medio para no levantar sospechas.
Este paisaje íntimo se mira desde afuera. Nos parece extraño. La otra ciudad, entonces, es un mundo nostálgico. En esa escisión, en esa ciudad, no hay un modo perverso de vivir. Todo se muere en la casa, en un espacio que se desmonta a medida que los restos se disuelven.
El suelo del relato no es barro aunque los zapatos se manchen.
Estos dieciocho fragmentos enhebran una voz que habita espacios vacíos, íntimos afectos de una mujer que se separa. Esos modos corresponden a imágenes abrazadas a una huerta seca, al tedio de pasar en una ciudad que es un horno.
A la voz que nos narra se le sube encima un perro que babea. Así aparecen gatitos, gatas, gallinas y el setter irlandés, y diseñan un marco-guía de la escritura, de un inventario claustrofóbico.
Sin embargo, me pregunto si el diablo vive en ese espacio. Pareciera que actúa como el barro del extrañamiento, de los fantasmas que, en todo caso, esconden textos e intentos de escritura. El perro, por ejemplo, se come a los gatitos y ataca a la gata.
La ternura de La otra ciudad toca, enmaraña la superficie de pasiones truncas.
Y quizá eso sea el diablo: la ropa, las películas de Woody Allen, las cajas de lengüitas de gato, los libros, la lectura.
Creo que este relato no se escapa, pues es una obra calculada, llena de imágenes nítidas. Estas se configuran en la expresión de un lenguaje preciso desde su gramática hasta la decantación del desastre doméstico. Así la escritura se puebla de objetos a los que una mujer habla como una máquina hecha de palabras justas.
Es tierno y violento que la niña esté encerrada mirando perros encerrados. Su posibilidad tampoco quiere decir que una mujer se vaya, deje a su pareja. Por tanto, no es posible decidir, tampoco se puede hablar. Estar allí, con la voz y el cuerpo encogidos, al lado de quien ensucia las sábanas con sudor y barro. A él no se le puede gritar. La voz se come cada palabra, se come su espacio.
El cruce de un imaginario objetual, íntimo, doméstico y canino, producen que el encierro se vea a sí mismo como único motor de la micro-novela.
Hay gestos que se reiteran, desplazan y pienso en un perro que quizá ya no me reconozca: tuvimos que abandonarlo cuando lo adiestraron. Debió haber muerto. Se le subía encima a mi abuela y la atacaba. La ensuciaba con barro y sus manos se llenaban de pequeñas heridas. El olor humedecía mi cama. Lloraba al jugar con él. Mi abuela lloraba cuando la mordía.

Bonus: La otra ciudad fue editada por Imbunche ediciones a fines del año 2014. El trabajo es finísimo. Decidieron producir cien ejemplares hechos a mano, con una encuadernación tradicional y serigrafía en sus intervenciones gráficas de acuarela, tinta y minigrabados. Cada ejemplar es único. Ahora, en todo caso, escribo a partir de la primera reimpresión. El trabajo es igual de delicado, detallista y hace de este libro un objetito de arte.

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