09 noviembre, 2015

[Amuleto encontrado en un baño]. Por Juan Ignacio Colil

"Esa es la libertad de escribir la novela que uno quiere y no la novela del vecino. Uno puede quedar como quiera". Juan Ignacio Colil escribe sobre Amuleto de Roberto Bolaño.

Amuleto encontrado en un baño

De Bolaño he leído gran parte de su obra. No pude escapar de esa fiebre. No lo lamento. De sus libros, los que más me gustan son Los detectives salvajes y 2666, las novelas más breves y los cuentos me dejan por lo general en estado de perplejidad. Me da la impresión de que olvidé leer alguna parte. Algo que rescato de esas novelas gigantescas es aquel raudal narrativo que se lleva todo por delante.
No había leído Amuleto, era una deuda, hasta que llegó la oportunidad. Compré la novela en un arrebato de consumismo, arrebatos que me suceden más seguido de lo que yo quisiera y mucho más de lo que mi bolsillo espera de una persona como yo.
Auxilio Lacouture es la protagonista de Amuleto, la breve novela publicada por Anagrama en 1999. Algo había leído sobre este libro: una mujer encerrada en un baño mientras afuera ocurre una gran represión, una gran matanza. Pensaba en lo que podía ocurrir en una situación como esa y la novela se me volvía un poco difusa y, a la vez, atractiva porque uno tiende a entender la novela como una línea que va desde un punto A hasta un punto B o X y en algún punto de la recta sucede lo que debe suceder, entonces la línea recta deja de serlo. En Amuleto no hay una recta, no hay un punto A ni un punto B, menos un punto X. Hay una mujer, un baño y una época tórrida.
Auxilio Lacouture permanece encerrada en los baños de la universidad mientras la policía invade el campus e inicia la represión en aquel fatídico septiembre de 1968 previo a la matanza de Tlatelolco. Auxilio Lacouture, encerrada en ese espacio, da vueltas, camina, se mira al espejo, se peina su melena rubia, se encierra en uno de los cubículos, escribe o intenta escribir, es un río narrativo, un río narrativo en época de deshielo. Auxilio Lacouture duerme, mal duerme, sueña, piensa en sus años, en su juventud, en su vida en México; se levanta y estira las piernas, piensa o habla o delira o recuerda o imagina recordar la poesía mexicana, la joven poesía mexicana, los viejos poetas a los que les limpiaba la casa o a esos otros poetas con los que se acostaba: la poesía como herramienta para comprender el mundo; y también habla de Belano que más tarde aparecerá en otras tantas novelas. Roberto Bolaño, a través de Auxilio Lacouture, habla, se explaya y expande, entre otros, sobre Arturo Belano, quien es la misma autoficción de Bolaño. Es una mirada hacia sí mismo, o hacia ese otro que es su personaje. La diferencia entre ambos será siempre una zona gris, una tierra de nadie, materia de discusión permanente. Esa es la libertad de escribir la novela que uno quiere y no la novela del vecino. Uno puede quedar como quiera. ¿Cómo quería quedar Bolaño en las páginas de la Historia? No sé bien; yo pienso que la representación que hace de sí mismo es un poco de autobombo, es un tanto efectista. El joven que va en busca del viaje, simplemente el viaje, y encuentra la destrucción de los sueños. No está mal, cada uno hace lo que quiere. Es una novela, no el diario de Ana Frank.
Después, en 1973, él decidió volver a su patria a hacer la revolución y yo fui la única, aparte de su familia, que lo fue a despedir a la estación de autobuses, pues Arturito Belano se marchó por tierra, un viaje largo, larguísimo, plagado de peligros, el viaje iniciático de todos los pobres muchachos latinoamericanos, recorrer este continente absurdo que entendemos mal o que de plano no entendemos (63).
Bolaño ve a Belano a través de los ojos de Auxilio Lacouture, es ella quien le cuelga un aura de heroísmo y le arroga un viaje iniciático. 
Los primeros días, tras su regreso, Arturo se mantuvo encerrado en su casa, casi sin pisar la calle, y para todos, menos para mí, fue como si hubiera vuelto de Chile. Pero yo fui a su casa y hablé con él y supe que había estado preso, ocho días, y que aunque no fue torturado se comportó como un valiente (71).
Auxilio Lacouture camina por las calles de México, se pierde, vuelve sobre sus pasos, vuelve sobre sus aventuras, las abandona, cae en lo cotidiano y otra vez salta sobre su propia vida que le lleva unos pasos de ventaja. Auxilio Lacouture, afiebrada en la soledad del baño, ¿delira o imagina?, ¿ficciona sobre el pasado o sobre su futuro? La madre de la poesía mexicana encerrada entre esas paredes hace un recorrido sin obstáculos o, mejor dicho, los va saltando uno en uno, dos en dos, de docena en docena, perdiendo en el camino gran parte de lo que quizás pudo ser y simplemente no fue, pero aún así sigue con esa vida exagerada. Auxilio Lacouture nos sonríe tapándose la boca, un gesto mínimo, un detalle como tantos otros detalles que Bolaño deja caer como el buen observador que es. En ese gesto, Auxilio Lacouture, muestra su pudor. No quiere que la vean sin dientes, prefiere hacer como que engaña a los otros.
Auxilio Lacouture como la loca del barrio que nos cuenta lo que nadie quiere volver a oír, o la que adivina los amargos días que se venían sobre el continente y sobre la juventud de esa época. Auxilio Lacouture mezcla rara de poetiza y deslenguada, quizás ambas cosas sean lo mismo. La narración exagerada, descontrolada, concentrada en un punto mínimo. Una mujer encerrada en un baño despliega la historia de un continente y de una generación a raudales que inundan ese baño y ese momento.
Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer.
Y ese canto es nuestro amuleto (154).
Auxilio Lacouture no deja de fabular, recordar, imaginar, y soñar entre esas frías paredes del baño. Auxilio Lacouture como la conciencia brutal que debemos encerrar bajo llave para que no nos joda con sus agudas observaciones, con su memoria molesta y con sus imaginaciones aún más intensas. Auxilio Lacouture como una buena voyerista encerrada en un baño mientras afuera otro baño, pero de sangre, comienza a inundar las calles y ese presente ahora ya tan lejano y tan actual.

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