01 junio, 2015

[Tierras de duro reino. Lectura de la poesía de la Región de Coquimbo. 1990-2014]. Por Cristián Geisse Navarro

Cristian Geisse Navarro nos reseña el estudio Tierras de duro reino. Lectura de la poesía de la Región de Coquimbo (Editorial Universidad de La Serena, 2014) de Walter Hoefler.

Tierras de duro reino. Lectura de la poesía de la Región de Coquimbo. 1990-2014

Se confunden en este texto el Hoefler escritor y el Hoefler académico, en lo que hay ganancia y pérdida. Ganancia porque el estilo está lleno de su carácter, de ironía, de una subjetividad valiente y polémica. Hay pérdida porque es una empresa personal, que realizó en solitario y que por lo tanto no pudo cumplir del todo. El libro, así, comienza exponiendo un marco teórico bastante sólido, aunque también una propuesta metodológica que no sé hasta qué punto cumple. Sus logros investigativos son indudables, pero imposibles de cumplir exhaustivamente sin un equipo de investigadores apoyándolo. Él mismo lo declara al final del libro: “Debería ser un trabajo colectivo en el que varios nos hacemos cargo de los distintos aspectos, así se trabaja hoy” (199). De todas formas el objetivo se cumple en su mayor parte: “Se trata aquí de presentar, describir y explicar parcialmente la generación de un campo cultural específico, en este caso, de la poesía en la región de Coquimbo, acotándola al periodo 1990-2014” (11). La empresa es personal, una especie de retribución a esta tierra en la que se siente exiliado: “Sigo en un exilio, que empieza ya con mi nacimiento, ya mis padres eran extraños en el mundo” (200), y es también una forma de analizar una etapa histórica, que obedece a un primer momento posterior a la vuelta a la democracia. Se esbozan entonces hipótesis respecto del funcionamiento general del campo cultural de la zona, se señalan y analizan productos, productores, receptores, instituciones, mercados y repertorios. Es notable, sin embargo, cómo se proyectan sus ideas, más allá del reducto que es su objeto de estudio: se dan explicaciones político-sociales a fenómenos relacionados con nuevas formas de asumir el ejercicio poético, se apuesta por definiciones sobre el rol de los poetas y la poesía, se aventuran análisis sobre los medios de circulación. Notable también es la forma en que inventa etiquetas para los más diversos elementos y agentes del campo literario (“el mercado”, “la feria”, “el hotel”, “el registro civil”, “agentes secretos”, “agentes encubiertos”, “zona de embarque”, “zona franca”, “viajeros”, “turistas”, “transplantados”, “reparaciones”, “varaderos”, “cheques en blanco”, “sobregiros”, “protestos”, “avanzadas”, “enclaves ultramarinos”, “el panteón”, “los muertos muertos”, por mencionar solo algunas). Estas últimas son una muestra del humor y estilo que caracterizan al libro, revelando hasta qué punto el análisis es personalísimo. Entendemos que le fue imposible registrarlo todo, leerlo todo, empresa por lo demás siempre demencial y utópica. Para lograrlo se apoyó en numerosas antologías y “arqueos” con los que el libro tiene una deuda importante, volviéndose hasta cierto punto en una prueba del valor de esas formas de registro. Esto no quita que haya reflexiones críticas constantes sobre los problemas y carencias que presentan las antologías y otras formas de canonización, reflexiones que –quizás esté de más decirlo- trascienden las fronteras locales.
En esta línea, el libro apuesta por amplias definiciones de poesía, del rol del poeta, que salen de la acotación local y se extienden al ejercicio poético en sí. Observamos además reflexiones intergeneracionales, observaciones sobre la poesía del norte de Chile, con lo que, a pesar de ser una descripción eminentemente local, gana recepción, pienso, más allá de las reducidas lindes de la región.
De todas formas se le nota un poco la urgencia, cierto apuro por incluir la mayor cantidad de datos y temas posible, con modificaciones de último momento. Yo no puedo mirar mal estos detalles, tomando en cuenta de que creo que era consciente de que este libro se iba a convertir en un futuro referente, lo que explica algunas lecturas algo flojas, ya sea de artículos o de poetas. Pienso que nada de eso le quita el valor final que tiene este aporte. Incluso aquellos poetas que puedan haberse sentido denostados, debieran sentirse agradecidos. A la larga debe entenderse que los juicios –responsables, fundamentados, honestos, nacidos de un intenso compromiso- son también profundamente personales y, por lo tanto, subjetivos. De hecho, vuelve visible a los poetas que parece denostar y les hace un favor, pues no hay duda de que el texto será fuente de información de futuras investigaciones que –de ser rigurosas- constatarán por sus propios medios autores y textos comentados antes de formarse sus propios juicios: “La crítica negativa también ayuda –preconiza Hoefler-, pone en su lugar, cuestiona, es una manera de integrar, de compactar la información” (103).
Tierras de Duro Reino es, finalmente, una práctica regionalista concreta y real, más allá de las buenas intenciones. Por sobre la posible ironía que veamos en ella, practica y conmina al rigor del juego más serio de todos, como lo llamaba la Gabriela. Pienso que a la larga terminará demostrando la importancia de gestos que, como este, contribuyen a la dinamización de los campos culturales.

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