06 abril, 2015

[El diablo en Punitaqui de José Miguel Martínez]. Por Juan Ignacio Colil

El diablo en Punitaqui es el primer libro de José Miguel Martínez (1986); este conjunto de cuentos fue publicado por Tajamar Editores el año 2013. Lee a continuación la reseña realizada por el narrador Juan Ignacio Colil.


El diablo en Punitaqui

El diablo en Punitaqui de José Miguel Martínez es un conjunto de 12 cuentos negros. Muchas veces la literatura llamada negra, policial o criminal, tiene como protagonista a un investigador privado o un ex policía o alguien que debe iniciar una búsqueda, en este conjunto de relatos la óptica es otra. Las historias las conocemos a través de los ojos de asesinos a sueldo, traficantes y otros modelos pare cidos y no hay búsqueda de justicia.
Las historias transcurren en diferentes paisajes, el norte de Chile, Bolivia, el sur, cerca del Lago Todos los Santos y por supuesto Punitaqui, algo así como el “Comala” del conjunto de cuentos. En todos ellos se siente la misma atmósfera enrarecida.
Hay narraciones centrífugas y otras centrípetas. Las primeras desplazan su universo en todas direcciones, van abriéndose cada vez más, en cambio las centrípetas se van concentrando cada vez más en sus propios elementos, sus propios códigos que se reproducen a sí mismos, que se renuevan en nueva vuelta. Con esto no quiero decir que las primeras sean mejores que las segundas, sino simplemente quiero señalar este indicio. En estos cuentos los márgenes se van cerrando sobre sí mismos. Se logra construir un pequeño universo con su propia lógica.
Los cuentos son pequeños fragmentos, cada cuento es una unidad en sí misma, pero el conjunto también funciona como una novela a la cual se puede entrar por cualquier capítulo.
Todos los relatos de El diablo en Punitaqui están entrelazados, algunos personajes secundarios de un cuento aparecen en otro como protagonistas, algún nombre dicho al pasar vuelve a repetirse en boca de otro personaje, la historia central de un cuento vuelve a aparecer mencionada someramente en otro o simplemente nos parece que nos remite a una de las tantas historias que hemos leído. Tiene algo de esa litografía de Escher, donde un sujeto camina por una estructura que se comunica por un sinfín de escaleras que suben y bajan y nos hacen perdernos y encontrarnos una y otra vez. Pareciera un juego casual, pero creo que el autor tenía esta idea de la estructura total del libro como una de sus fortalezas. Un juego premeditado de antemano para mostrar al lector las distintas caras de un mismo sujeto. Los distintos tiempos que se funden en un solo.
Quien se lleva los honores en este conjunto de cuentos es el Gordo Granola, personaje que aparece en varios cuentos a veces como referencia, en otras solo como un nombre, una sombra y a veces como el centro de atracción de toda la historia. El Gordo Granola se va robando la película lentamente. El Gordo Granola es, en apariencia, un tipo sin escrúpulos, no trepida en asesinar, torturar y lo que venga en el "pack", no hace preguntas, actúa. Granola vive una vida intensa, pero establece una distancia con los demás y una distancia con los acontecimientos en los que se involucra; da la impresión de que Granola los vive desde afuera. Parece un tipo normal, se puede fumar un cigarro y cargar los restos de un cadáver con la misma calma, uno podría pensar que es un cínico o un personaje sobreactuado. El autor logra dar ese tono en los cuentos, a través de los diálogos, las descripciones certeras, pero en el desarrollo de las historias también vemos que este personaje, Granola, posee su lado B, lo que le otorga un poco más de carne al sujeto. Se preocupa por su madre o, al menos, muestra algo parecido a la preocupación, se preocupa por su sobrino y por su hermana. Granola con los años ha ganado en sabiduría, por llamarla de alguna forma a esa manera de ver la vida. Un tipo que reprueba en silencio algunas actitudes cobardes y absurdas de los otros, ese silencio no significa que no reaccione, sino que no lo transforma en discurso, sino en acciones. De vez en cuando deja caer un consejo, incluso pareciera que desprecia la violencia sin razón y en esas preocupaciones y silencios se reconoce su pequeño espacio ético, su familia es su débil cable a tierra. Es un espacio ético pequeño, limitado. Granola no busca el cielo y no reniega de sus actos, no se excusa ni busca la redención. Cumple con lo que debe cumplir.
El diablo en Punitaqui posee una factura cinematográfica, se lee rápido, las imágenes persiguen al lector, obviamente hay una fuerte influencia del cine yankee del género. Imágenes que de improviso sacuden, golpean o caen encima del lector. Granola es un Clemenza reeditado en versión criolla. Abundan los apellidos italianos: Cavagnaro, Pierattini, Ricci y el mismo Granola suena italiano y por ahí nos vamos al cine de Scorsese y Tarantino. Por un lado, El diablo en Punitaqui es un tributo y, por otro, es una nueva mirada a un tema que nos persigue.


Juan Ignacio Colil, escritor, autor de 8cho relatos, Al compás de la rueda, Tsunami y otros.

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