04 diciembre, 2014

[Si el sol golpea las baldosas ciega]. Por Víctor Quezada

El siguiente texto sirvió de presentación de Ninguna parte esta ceguera del poeta Simón Villalobos Parada (Santiago de Chile, 1980), plaquette publicada por Cuadro de Tiza Ediciones.

Si el sol golpea las baldosas ciega

Ensayé muchas formas de comenzar esta presentación, podría decir que perdí el tiempo ensayando maneras de comenzar a escribir este texto. Se ocultaba, quizás, tras esos vanos intentos, un deseo de semejanza. En “Mucho tiempo he estado acostándome temprano” (conferencia dictada en 1978 en el Collège de France), Roland Barthes parte con un homenaje al célebre comienzo de En busca del tiempo perdido. Esa conferencia es bella por muchas razones, sugestiva por otras y de un profetismo ridículo por alguna. Pero no es este el lugar para extenderse en tales asuntos. Aunque, ¿por qué no podría ser el lugar? Barthes escribe:

Llega un momento (es un problema de conciencia) en que “los días están contados”: se comienza una cuenta atrás borrosa y sin embargo irreversible. Sabíamos que éramos mortales (todo el mundo nos lo ha dicho, desde que tenemos orejas para oírlo); de repente, nos sentimos mortales (no es un sentimiento natural; lo natural es creerse inmortal; de ahí tantos accidentes por imprudencia) (334-335).

Por supuesto, Roland Barthes murió atropellado por la furgoneta de una lavandería mientras cruzaba la Rue des Écoles a comienzos de 1980. Pero más allá de la anécdota, de esta cita podemos concluir un par de cosas. Primero, la conciencia de la propia muerte no es “conocible” en los términos de uno u otro saber; el discurso necrológico, el religioso o cualquiera de las formas de la escatología nada podrían enseñarnos sobre la muerte. No se llega a la conciencia de la muerte (o a tener conciencia de cualquier cosa) a través del conocimiento, pareciera ser que la conciencia nada tendría que ver con el conocimiento o sus modos de adquisición. Segundo, la autoconciencia, pues toda toma de conciencia implicaría un hacerse consciente de sí, llega con el fuerte sentimiento de una evidencia: la muerte, entonces, no se hace evidente sino hasta que nos sentimos mortales.
Este sentimiento no llegaría sino en momentos extraordinarios. Por decirlo junto a Roland Barthes, junto a Proust, junto a Dante (y a una larga genealogía de sujetos “sensibles”): la conciencia llega en la mitad de la vida, en “ese momento –en palabras del mismo Barthes- en que se descubre que la muerte es real y no solo temible” (336). Para Dante la mitad de la vida llegó a los 35 años, tras la pérdida de Beatriz; para Proust, lo mismo que para Barthes, llegó con la muerte de la madre (Marcel de 34 años, Roland, en cambio, de 62). La mitad de la vida nada tiene que ver con alcanzar alguna edad en particular, es obviamente una metáfora que nos sirve aquí, por un lado, para hablar de ese momento en el que la conciencia adviene y, por otro, de su único modo de aparición: el lenguaje.
Como afirmara Julian Jaynes hace ya tantos años, la conciencia “se funda en la habilidad del lenguaje para hacer metáforas y analogías”, cuestión de la que deriva, además, otra afirmación de importancia: la conciencia sería análoga a las conductas de los sujetos en el mundo real.
Imaginemos una situación particular ahora, imaginemos que miramos la refracción de la luz del sol en plena calle, quizás podamos pensar que ese reflejo reverbera como el sol sobre la superficie del océano y entonces:
la calle es el mar
y las sombras de los que vienen son olas
y sus cuerpos son bolsas negras de sangre y tú
obviamente eres un barco
El poema que cierra Ninguna parte esta ceguera integra esa serie de metáforas, cuestión que debería parecernos sorprendente en un contexto en el que, por ejemplo, la metáfora ha perdido su potencia como figura poética o, ya de largo, se ha vuelto un instrumento de “la dominación”. Pero no seamos cínicos, como era de esperarse, esta serie de metáforas es introducida por una oración condicional. El poema comienza: “Si el sol golpea las baldosas ciega” y, entonces: “la calle es el mar / y las sombras de los que vienen son olas”, etc. Quizás se nos quiera decir, a partir de esta modalización, que una poética analógica no es plausible sino a condición de otra poética “más fuerte”; que es inmoral referir analógicamente al mundo a menos que pongamos en cuestión el mundo y la manera en que lo referimos, lo identificamos, le otorgamos una visión definida y definitoria.
Una poética analógica de este tipo, más digna del político, del policía que del poeta, quiere anular la indeterminación de la escritura en la cifra de su develamiento; al basar su trabajo en la substitución de un término por otro, reemplaza el mundo por una imagen, como si la imagen del mundo fuera suficiente para conocerlo. Si el sol reverbera en la calle nos ciega y solo ciegos la calle es el mar y las sombras de los que vienen son olas.
El comienzo de un texto es importante así como su final es importante. En Ninguna parte esta ceguera se ha elegido, conscientemente, situar la única serie de metáforas en el último poema del libro. Según dijimos, esas metáforas solo ingresan al poema a condición de sancionar una distancia enunciativa, más que metáforas son elementos de una configuración mayor en la que tendrían un papel irónico. Así, se nos dice, la poética analógica no es posible sino a condición de denunciar la ausencia de parte de un lenguaje, sino a condición de una poética más fuerte. Es un hecho del todo significativo, en este sentido, que la serie analógica finalmente se convierta en una secuencia de metonimias, en una concatenación de elementos contiguos. Volvamos sobre el poema:
Si el sol golpea las baldosas ciega
...............................................[…] y tú
obviamente eres un barco
un faro
una estaca metida en la arena
con la sensación de avanzar
mientras se queda y por los pasajes
bajan las micros, las personas cruzan
sus siluetas ya sin forma se hunden
dispersas contra la luz recostada
regresan, desaparecen, se restituyen
La cuestión consistiría tal vez en evitar las preguntas que la metáfora sugiere: “¿Qué es tal cosa? ¿Qué quiere decir?”, para mantenernos en movimiento, privilegiar la contigüidad, preguntarse: “¿Qué puede venir después?” (Barthes: 329).

Bibliografía

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