02 enero, 2013

[Poéticas del desierto o estos tres de Tacna: Nuevas viejas maneras de (re)construir un territorio poético]. Por Daniel Rojas Pachas

Daniel Rojas Pachas abre este año 2013 con un texto sobre la antología "Poéticas del desierto: estos tres de Tacna" (Tacna, Perú: Editorial khorekhenkhe, 2012). Selección a cargo del poeta Mario Carazas que incluye a tres poetas tacñenos:  Yhan Koronel (Tacna, 1990), Alberto Ninaski (Puno, 1989) y Yesebell Sechar (Tacna, 1993). El libro fue lanzado el pasado viernes 28 de diciembre de 2012 en el recientemente inaugurado Centro Cultural y Librería Cinosargo (Arica, Chile).


Poéticas del desierto o estos tres de Tacna: Nuevas viejas maneras de (re)construir un territorio poético

“Poéticas del Desierto”, a.k.a “estos tres de Tacna”, más que una antología, es una muestra encarnizada que da cuenta de tres formas divergentes de entender la realidad a través de la palabra. Lecturas, no se deje engañar por el título, alejadas de la idea de nación, territorio e incluso desierto, al menos de forma literal y representativa; yo me atrevería incluso a decir que el libro pretende deslindarse con urgencia de la idea de poesía como los interlocutores de la ciudad y alrededores en que se gesta el libro (Tacna, conocida también como “la Heroica”), lo entienden. No en vano el poeta Mario Carazas, prologuista de la selección, señala con acierto:
Esta poética del desierto es movimiento en pleno acto, una poesía reconociéndose hito en la literatura tacneña, una poética que se robustece, devorando autores, escupiendo los huesos de su mayores y cascando lo aún comestible que contienen. Estos poetas no hablan de bodegones, campiñas o de casas tradicionales con mojinete, ni de algún héroe del cautiverio, ni del lodo, eso nunca”.
Salta a la vista, cómo la escritura poética de Koronel, Ninaski y Sechar se abalanza sobre la prosa, el fragmento epigramático, el micro-relato, la grafía inconclusa y onomatopéyica y, en definitiva, el ensayo, en esa medida la exposición al error, a la radiografía y dispersión es clara, tanto como la reflexión que cada autor guarda sobre su proceso creativo, las motivaciones del kamikaze (Koronel), caput, una cabeza cercenada de Gorgona (Ninaski) y la alquimia (Sechar), que siempre arriesga no devenir en oro, sino preservar la condición de plomo y en el mejor de los casos tornarse una materia ignota.
A propósito de ello, quiero detenerme en esa materia que nos convoca.

Ninaski, quien dice no entender el significado del oficio poético y su valor, sin embargo, se arroja con la precisión de una máquina documental, fría e impersonal, a esbozar en sus mejores textos, aquellos que subliman toda presencia del yo y el canto, la materialización de una voz afín a la técnica de Ludovico, capaz de engendrar una sucesión de escenas mitológicas y, desde luego, también desmitificaciones de personajes y criaturas fantasmáticas como el Catoblepas, que con frenesí fusionan el tecnolecto con axiomas y actos desensibilizados por la cotidianidad y la producción en serie, no hablo solo de zapatillas y filmes desechables, sino también de hombres, mujeres, sus desencuentros y transacciones, pues cada invocación, más allá de estar plasmada con la coloquialismo del cojudo, está cortada transversalmente por la intermedialidad y el ensamblaje de hardware sobre la carne y plástico.

Primero el miserable torrente de electricidad en la memoria atrabiliaria del pensamiento / Las palancas desesperadas como palabras a punto de parir / En la atmósfera del satélite 000F75 el descomunal tanteo en el manubrio desconfigurado de los gusanos / ton ni son cuando golpea la sinfonía más inmensa del cojudo

Koronel, a diferencia de su compañero, revela un lirismo en apariencia convencional, el cual raudamente se fisura por su notoria vocación intertextual, además de la alusión constante a un universo mítico de cuerpos celestes, astros que se hibridan con elementos tomados de la praxis médica y la escatología, extraña simbiosis de neologismos que sitúan al lector en una atmósfera clínica de líquidos que bien pueden ser parte de una matriz uterina, una vorágine de fonemas o excrecencias y quizá tan solo el fondo de un brebaje compuesto por tripas y hierbas aromáticas.

VEO ESCOLOPENDRAS AEROESTÁTICAS
Soy el vértigo que quedó atrapado en un vómito
Agrio escupitajo, embutido de alcohol y yerbabuena
Extrañas dimensiones que rayan nuestros ojos
Se aceleran las callejuelas empastadas de pasos
Aquella muchacha pulula el éxtasis, aquel el latrocinio
Nada Más fonema que mi silencio calcado en el hielo

Sechar presenta en sus textos una mirada intimista e intrahistórica de la mirada que se construye sobre el yo, sin escatimar en diálogos, apelaciones y relatos que recaen en la figura materna, el quiebre y la tensión con la poética de los dos autores que la acompañan es evidente, pues rasgos como la violencia, el desasosiego, e incluso el mismo cuestionamiento de la identidad personal y social, adoptan formas más sutiles, las imágenes que la poesía genera discurren entre visiones oníricas de sirenas y ciempiés gigantes, frente a retratos más mundanos de las calles de la infancia, los amigos, los zapatos.

Cierro mi perspectiva frente al libro, señalando que me he cuidado de hacer esta presentación eludiendo la palabra nuevo – adjetivo que comúnmente usamos como sinónimo de avance, movilidad, progreso, como si sospechosamente todo cambio debiera estar cualificado por una adición, por un aire positivo de fichas extasiadas que saltan por el tablero hacia una meta, olvidando así el desgaste, la degradación, lo putrefacto de los cuerpos, o el estancamiento y la polución como formas también validas de movilidad, restarse puede ser otra opción y ahí creo que radica la médula de esta propuesta editorial y del proyecto de libro: no en pensar la poesía, Tacna y sus alrededores como una planicie o espacio para una toma, para la edificación, tan cara al constructivismo, o el punto de partida de un sueño (el terreno para sembrar un futuro); todo lo contrario, creo que la radicalidad en lo sincero de estas voces, está en otear el panorama desolado y entender que la atmósfera que los rodea –ese desierto- es además una prueba de la devastación, las ruinas de la ciudad, una batalla perdida ante la máquina, los mitos, el software y los canales que atraviesan nuestros ojos y oídos, las familias y todas sus relaciones trazadas y transadas por el comercio del tiempo y su utilidad, de modo que si el oficio inútil de la escritura, desprestigiado por la pragmática del almacenero y vendedor, tiene una oportunidad, los sonidos y estertores viajarán desde esa latitud, otrora conocida como Caplina, “extrayendo el ATP de la realidad”.

Daniel Rojas Pachas
San Marcos de Arica 2012

1 comentario:

Calle Magnolia dijo...


Saludos a los poetas de La Calle Passy 061, con nuevo texto:

Corría Septiembre de 1973 en Santiago de Chile
el viento frío cuela los huesos en los extra-muros del Estadio Chile
mujeres y hombres se amontonan y aprietan sus manos con terror.
Mi madre no sabe si tienen a mi viejo detenido ahí
todos esperan noticias de algún contacto que jamás llega.
Siendo un niño empiezo a conocer la desesperanza y la rabia.
En casa un silencio de miedo se instala en todos mis rincones preferidos
pongo mi oreja en el muro de un cuarto contiguo al de mi abuela
escucho llantos, susurros y gritos contenidos:
¡No es justo! ¡No es justo¡ se le escucha decir a mi mami,
se filtra que mi viejo ha muerto.
Varios años después supe que lo mataron el 15 de septiembre
el mismo día y lugar que a Víctor Jara.
También me enteré que en su adolescencia ambos fueron amigos de barrio,en la calle jotabeche,
jugaron fútbol y tocaron guitarra en las trastiendas de la estación central de ferrocarriles.
Aprendí que llevaríamos para siempre la voz de su canto
y que la voz de todos quienes estuvieron ahí siguen teniendo sentido y razón.
Qué aquí y ahora la vida es eterna en cinco minutos.
Qué cuando voy al trabajo pienso en ti
y por las calles del barrio pienso en ti.

Calle Magnolia
Para viajar por la magia y construir nuevas realidades"
callemagnolia@gmail.com