15 enero, 2013

[El basurario del Baruni]. Por Juan Manuel Silva Barandica

"El basurario del Baruni" es el último libro del importante narrador chileno José Leandro Urbina. Secuela de "Las memorias del Baruni" (2009), este segundo tomo ha sido publicado el pasado año 2012 por La Calabaza del diablo. Revisa una lectura de "El basurario del Baruni" por Juan Manuel Silva Barandica.


El basurario del Baruni

Si en el primer tomo de "Las memorias del Baruni" nos encontramos a un narrador en primera persona – el gordo Baruni- mediado por José Leandro Urbina –su editor- , esta segunda entrega, nombrada por el mismo Urbina como un “basurario”, plantea una apertura a otras voces, aunque el primer fragmento o retazo sea narrado por el propio gordo. Como fuere, llamarle cuento a cualquiera de estos textos sería inexacto, ya que más allá de la simulación propuesta por Urbina en el prólogo, no constituyen menos que satélites de una historia aún por contarse. Por otra parte, es curioso reparar en el perspectivismo de los retazos –palmario en los relatos de la boda del Gorila Prieto-, ya que el narrador pareciese materializarse en un foco, digamos, un reflector que dirige la luz a distintas acciones, dejando de lado el eje, esa familia Baruni avecindada al igual que la familia Urbina en los alrededores de Independencia y Maruri. Lo más interesante es que la narración deja ver cómo se relaciona y vive una colectividad determinada por ese espacio. Así, el grupo de amigos de los niños Baruni, las consiguientes niñas, el Tarzán del cine y las vecinas cahuineras y ladronas, que se ven enmarcadas en este relato a voces fantástico sobre los gatos de una vecina difunta son las piezas de un rompecabezas o una vasija, como diría Walter Benjamin, que aún conserva las huellas de quien la hizo. El asunto de este artefacto de greda, de esta artesanía urbanística ubicada al norte del Mapocho, es que tal historia o relato se quebró. Como dice el gordo “en 1962, año del mundial de fútbol en Chile, comenzamos a salir a la calle con mi hermano mayor, nos encontramos con historias inimaginable. De todo eso, de la gente del barrio de entonces, no queda nada”.
Si pensamos detenidamente, entonces, esta vasija o vaso reconstruido, a la manera helénica, además de hablarnos de una familia nos relata un conjunto de familias, aquello que se llamaba comunidad o, mejor dicho, barrio. Y podríamos avanzar aun más y afirmar que el protagonista del conjunto de relatos es el barrio de Maruri y una noción de barrio otra. Más que con nostalgia, las narraciones, como las historias que se cuentan dos veces, permiten ver el carácter paródico de la representación actual de la sociedad y la forma de sociabilizar: barrios en los que solo los vecinos extranjeros ocupan y habitan el espacio público. Esto, ya que, a pesar de que esta nueva entrega del Baruni es otro retrato de época, es decir, una ficción crítica de la historia reciente de Chile, no pierde en esa función la capacidad de exponer una posibilidad que la economía de mercado sepultó. Me explico: si el personaje principal de los relatos es el espacio, la ruina del mismo da cuenta de cómo esa forma de vida quedó impresa en las casas, las calles y los negocios de la zona, y cómo la “modernización” mercachifle y portaliana, es decir, comerciante de la más baja estofa, busca quitarle el escenario a una vida comunitaria, en la que el signo individual existe únicamente como reflejo del otro, en la que las derrotas y las celebraciones son colectivas y no la manifestación de el ansia por acumular y superar al otro. De un modo similar a los clubes de fútbol amateur, la vida y la felicidad no están en la victoria, en el éxito.
Un segundo aspecto notable, ya no de este libro sino de la narrativa en general de Urbina, es la valoración que se le da a la signo de la carne, no como la expresión de la barbarie o la abyección –una noción decimonónica tan bien instalada en los narradores contemporáneos- sino funcionando como un catalizador de las excrecencias y lo corporal hacia la risa, esa forma que toma la familiaridad para afrontar el vaciamiento de las costumbres y los ritos. La comicidad, la ironía, la parodia y el humor, cuatro estrategias o procedimientos que suelen relacionarse en un mismo ámbito, desde sus particulares radios transmutan la miseria, la errancia, el desconsuelo y el peso que tienen las palabras –citadas anteriormente- que cierran el primer cuento del volumen “Parto”. La catástrofe es lo que sobrevuela como un ave carroñera la sustancia de un mundo que se apresta a desaparecer. De este modo, la vida en Maruri es el eco de un modo de relacionarse con las cosas que nada tiene que ver con lo individual, de hecho, el sentido de una posible prosopopeya del barrio Maruri también se relaciona con una sensibilidad común, un sistema de referencias invertidas –como gustaría a Bajtín- eróticas, retóricas y carnavalescas, sin el cual no podría entenderse la genitalidad ligada a la música de las bromas, esto pues, el larguísimo corro de Baco es como una genealogía de eirones, cómicos, humoristas, seres que, al representarse, llenan el escenario de vino, ese viejo símbolo de la regeneración que en Chile solo sirvió como figura para el derramamiento de sangre en la dictadura. Como lo había hecho el primer tomo del Baruni, este libro acentúa la diferencia específica de lo que podemos comprender por memoria pública y simulación de intimidad, como si quisiese establecer un límite de lo que no será más que un signo nostálgico desde el setentaitrés hasta la fecha.
Si la comicidad y la comunidad representada en un barrio son características innegables en el Basurario, lo es también otra inversión con respecto a la literatura contemporánea -valga el oxímoron- llena de vacíos; el vicio de la interioridad y el intimismo se ha tomado nuestras narrativas carentes de experiencias fuera de la televisión o internet. No exalto con esto otra fruslería elevada a categoría del espíritu – como el viaje iniciático- , sino que doy cuenta que en El basurario podemos advertir un fenómeno ajeno a este modo de pensar el afuera. Las políticas de la propiedad, del miedo y la criminalización del la gran mayoría de la población no tienen cabida en el mundo que representa Urbina, un espacio que podríamos llamar de “clase media” si esta denominación no hubiese sido vaciada con tanta violencia. A pesar de esto, es reconocible que todo espacio interior en los relatos del Basurario proyecta su carácter hospitalario, su humor y su picardía a todos los espacios exteriores, como si el barrio, además de ser una entidad, un ser hecho de seres, fuese una gran casa, un espacio en el que decir sujeto calza perfectamente, ya que los personajes, junto con las ataduras que los unen con un tiempo, una historia, una familia y una lengua, se ven sujetos a un lugar en particular de la ciudad de Santiago, un lugar que los configura y los determina. Como Borges intuyera con magistral autonomía, frente a la vocación gauchesca o la fascinación por el espacio europeo, las cuatro calles que circundan la cuadra en la que naciera son aquellas en las que se repiten todas sus imaginaciones, como aclara con respecto a “la Muerte y la Brújula”, ese cuento que siempre ocurrió en Buenos Aires.
No es azaroso que José Leandro Urbina insista en recoger estos escombros o los pedazos de ese vaso que representaba la vida comunitaria. Dado que ni es posible reconstruir el vaso, ni ese vaso tendría algo que decirnos el día de hoy, estos relatos son relevantes, ya que nos recuerdan y nos fuerzan hacia una vida que pareciese haber desaparecido. Aun así, estas historias se entroncan y resignifican la Historia de Chile con una certeza escalofriante, como en ese pasaje en que los invitados llegan tarde a la boda dicen “Compadre, si a estos giles hay que tratarlos mal. A esta gallá hay que darles duro para que funcionen”, siendo esto una figura espeluznante de lo que es ahora el sujeto de la burbuja económica, el ciudadano ideal de una capital salvaje, quien está cerrando con llaves la puerta de los clubes de barrio y quien deja a su familia allá lejos, donde pican las chinches y se pega la mugre.


*Fotografía: Blog de Florencia Smiths.

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