01 noviembre, 2012

[Algunos apuntes sobre “Tataypype” de Susy Delgado]. Por Christian Kent

Susy Delgado es una narradora y poeta paraguaya bilingüe (guaraní-castellano). Nacida en San Lorenzo (1949), ciudad situada a 9 km de Asunción, su producción poética en castellano incluye: "Algún extraviado temblor" (1986), "El patio de los duendes" (1991), "Sobre el beso del viento" (1995), "La rebelión de papel" (1998) y "Las últimas hogueras" (2003). En guaraní es autora de: "Tesarái mboyvé" (1987), "Ayvu Membyre" (1999) y de "Tataypýpe" ("Junto al fuego"), publicado en 1992 y traducido por la autora. Lee ahora una aproximación a este último libro, realizada por el poeta Christian Kent.


Algunos apuntes sobre “Tataypype” (Junto al fuego) de Susy Delgado

I

El poema "Tataypype" (Asunción: Arandura, 1992) de Susy Delgado inicia con una invitación, “Vengan, siéntense, acérquense al fuego”.
El antropólogo León Cadogan, en la introducción del "Ayvu Rapyta" (cantos sagrados de los Mbya Guaraní del Guayra), relata el momento en que logró ser aceptado en la comunidad Mbya Guarani y bautizado con un nombre mbya (Tupa Kuchuvi Veve). Las palabras fueron, según transcribe, “Ñane Retara ae, ñande rataypygua ae i” : “nuestro verdadero compatriota, miembro genuino del asiento de nuestros fogones”.
La invitación a sentarse junto al fuego en el caso de Cadogan corresponde a una invitación a convertirse en un mbya e implica, consecuentemente, una iniciación en los saberes místicos de la tribu. Le son confiadas las “primeras palabras hermosas”, "ñee poty tenonde”, que esconden los fundamentos del lenguaje humano y de la cosmogénesis.
En este mismo sentido, la invitación en el primer poema de "Tataypype", ese acercamiento, ese tomar asiento junto al fuego, es una invitación a escuchar una voz, una historia, que involucra una cosmogonía, pero quizás no ya desde lo mítico, sino desde lo poético.
La correspondencia fuego-palabra que se repite como tópico a lo largo de todo el poema (“Un tizón / busco / para encender / la palabra”) es un intento por devolver al decir poético su capacidad transformadora del mundo. Como el fuego que transforma (“ablanda”) las mandiocas y batatas, la lengua, las historias que son contadas por el fuego-palabra tienen la función de re-crear el universo, de transformarlo a medida que dan cuenta de él.
La clausura del lenguaje, en este sentido, la incapacidad de los signos de transmitir una experiencia acerca de la realidad, y el fracaso de la civilización por comprender el mundo, son sustituidos por un nuevo lenguaje que en el universo del hogar (etimológicamente "lugar del fuego") es capaz de resignificar la experiencia.
Papá en su regazo acoge al hambriento”, la invitación con la que empieza el primer poema desciende a un plano absolutamente humano, a una moral, el deber mítico de recibir al hambriento junto a nuestro fuego.
Y de nuevo la invitación a tomar asiento, que el hambriento que se sienta como nuestros hijos en nuestros regazos, se convierta en nosotros, que se haga nosotros junto al fuego. Esa invitación a sentarse es una invitación también a despertar, evocando ese momento del amanecer, primer momento de la mañana, que en el imaginario poético indica siempre un origen, más que una esperanza.

II
El fuego representa el tiempo y la memoria, es decir la historia de la comunidad. Junto al fuego los más jóvenes aprenden de los mayores la palabra de los antepasados:

“Aquí, junto al fuego
ya vino a sentarse,
en un haz, reunido,
lo que desde antaño,
se ha de contar”.



"In illo tempore", el fuego, una primera chispa, impulsa los primeros gestos que dan lugar a la creación. La labor del poeta es reunir el tiempo histórico con el tiempo mítico, en otras palabras, reunir el devenir con la palabra ancestral.
Precisamente esa llama familiar, social, universal, creacional, es también una llama interior, individual y hasta íntima:

“Suavemente,
en mi alma,
germina y se enraiza,
crece,
una llama,
la lengua”.

Individuo y casa comparten un mismo fuego, el fuego de la “casa vieja” es la llama que crece en quien la habita.
En esta equivalencia de fuegos hay una visión social del individuo, el fuego junto al fuego (“Y allí junto al fuego”) es una maravillosa metáfora de la oralidad, llama todavía ardiente del habla guaraní.

III
El fuego, en este sistema de equivalencias que se establece en la lógica de “Tataypype”, es una metáfora de la memoria.

“La chamusquina del fuego
dejó sus huellas
en la memoria del niño”
.

En verdad, en estos versos, la memoria aparece como una huella psíquica -que dejan las cenizas que vuelan del fuego- en la memoria del niño. El niño que aprende la palabra, que se sienta junto al fuego, lleva consigo las ruinas, las cenizas de una antigua conciencia que debe sobrevivir.

“Y la marca del fuego
me siguió en la vida”

La palabra aparece como un signo, una marca, lo que equivale a decir una memoria, pero también un destino. La palabra (fuego) en "Tataypype" aparece reinventada según la espiritualidad guaranítica. La palabra para el guaraní implica el vislumbramiento de un destino (que también representa un pasado, una tradición) y es desde este punto de vista un compromiso (una marca).
El nombre que reciben los neófitos es un mensaje divino, un sueño de "Ñande Ru Ete Tenondé" interpretado por un paje "arandú" y designado especialmente para cada uno. El mal está signado por la desviación del individuo en relación a su nombre.
La chamusquina del fuego, esa huella psíquica de la palabra, trae consigo el compromiso de revivir la llama (lengua).

“Lo que no se borra,
bendición del fuego,
quemó entonces
mi palabra.”


IV
“La memoria forma parte del olvido”, escribió Borges.
El poema 7 de "Tataypype" inaugura el tópico del “paraíso perdido”. La humareda dispersándose en los hondos recuerdos del niño trae a la escena los antiguos símbolos del "oga tuja" ("casa vieja") que se oscurecen en la profundidad del inconsciente colectivo. Es sin duda un poema jungniano. La conciencia es solo una isla en el primitivo mar del olvido.
La tarea de la poeta es una tarea homérica, es en gran medida navegar ese infinito mar de la infancia buscando aquellos símbolos perdidos, la chamusquina, la humareda, para traerlos de regreso a Itaca, a la conciencia en términos todavía jungnianos (“un tizón busco en la ceniza del olvido”). Así como debe unir dos tiempos (mítico e histórico), debe también reinventar la memoria desde el olvido.
Este silencio, este callarse del fuego y de la palabra, es todo cuanto se ha perdido en el devenir del tiempo, cuanto ha quedado relegado en la “ceniza oscura” del olvido.
Y concluye casi como una sentencia fúnebre:

“Ya no está el lamido del fuego
Donde estuvo el aliento de la lengua”.

Ya no está la lengua donde está el idioma. Ya no está el pensamiento, la palabra, el fuego. Se asiste a un vaciamiento del símbolo primitivo.

V
Parece una contradicción revivir el fuego removiendo ceniza fría, ceniza oscura. Parece absurdo.
Sin embargo, esa es la poesía.

VI
Hay una dimensión doméstica que es muy importante para la comprensión del todo en este poema; esta es el escenario de la casa vieja, donde se crea el mundo simbólico a partir de ciertos lugares comunes.
El "oga tuja" es el tiempo-espacio del poema. Siendo el "oga" el espacio de la casa y "tuja", el tiempo, situado en la vejez. Esa vejez representa en el imaginario de una cultura oral como la guaranítica, la memoria, el pasado. El relato de los mayores es la fuente viva y oral del conocimiento del universo, la palabra debe persistir en la memoria para que con ella persista la comunidad.
En el "oga tuja" aparecen personajes como el abuelo (o abuela). La voz del abuelo (o abuela) es la voz del pasado y del origen, “los que han resucitado en la voz del abuelo” son los que conservan en la memoria la palabra viva, sagrada, del "oga tuja", que como hemos dicho funciona en una dimensión familiar, pero también en otra más amplia, social, universal, creacional.
Los niños son el oído, los lectores que reciben el mensaje del abuelo cerca del fuego (“y que abran sus ojos los niños”). La importancia de la infancia, infancia en que se sitúa el hablante del poema en algunos momentos, es la de sobrevivir la palabra y las historias del abuelo. (“y que amanezca en el fondo de su memoria la palabra”).
Sin embargo el niño es terrible, "akahata". “Todo ángel es terrible”, escribe Rilke. "Ángel-mitai" ("ángel-niño") que nos hace reír, que nos hace enojar, que juega con el amor y el fuego.

VII
Otra equivalencia importante es la que se establece entre el frío y el olvido, que son disipados por el calor del fuego-memoria.
El olvido implica la extinción del fuego, por lo tanto de la palabra y consiguientemente del universo que en ella perdura.
Este “rito del fuego”, es una invocación poética por salvar una lengua y en esa lengua, una realidad que no puede traducirse, que al perderse se pierde para siempre.

“Jepe’e puku
tataypype…
Mbeguekatuete
omombia va’ekue
ro’y ha pytu ,
mbeguekatuete
chemombáy va’ekue
Jepe’e puku,
mombyry guive,
tesarái keguype
hendýva.
Jepe’e yma, 

mandu’a rugua,
epáy ha emondýi

tesarái”.


LEE UNA SELECCIÓN DE POEMAS DE "TATAYPYPE".

1 comentario:

Valeria Gallarini Sienra dijo...

Un análisis poético que hasta parece una poesía! Excelente.