15 febrero, 2010

[Florencia Smiths: el sujeto en construcción] Por Julieta Marchant


La poeta Julieta Marchant, autora de Urdimbre, ha querido participar de este blog con un artículo sobre la poesía de Florencia Smiths, una de las más interesantes poetas de la actualidad. Tomando como eje las transformaciones del sujeto, Marchant examina El margen del cuerpo y el poema Las Muertas, aparecido en la plaquette De la extrema irregularidad.



Aproximaciones a la poesía de Florencia Smiths: el sujeto en construcción


Escritura femenina

No hablaré de la poesía escrita por mujeres en Chile como entrada a estas aproximaciones. Pero sí me parece necesario mencionar que resulta sospechoso ubicar al mismo nivel la poesía escrita por mujeres con la poesía femenina. Citada hasta el cansancio la afirmación de Beauvoir sobre que una no nace mujer, sino se hace, y situados desde el más arcaico acercamiento a la teoría de género, pensando en Joan Scott y en la distancia que separa al sexo del género; podríamos hablar de la literatura de Smiths como poesía femenina pues en el poema la mujer, afirmándose en su identidad de género, va urdiéndose y armándose. Podríamos también ubicarnos en la línea de Judith Butler, aludiendo a la conciencia del cuerpo como construcción, atravesada por la cultura y las convenciones. Desde Butler, el cuerpo es inimaginable fuera del espacio cultural que lo norma: la búsqueda mítica de un sujeto prediscursivo que funda la separación entre la naturaleza y la cultura o entre el sexo y el género, deviene en un gesto artificioso, como si en él pretendiéramos encontrar un lugar seguro para sostener los binarismos. Tanto desde Beauvoir como desde Butler, la identidad genérica es un proceso, y como tal está sujeta a cambios. Fijar dicha identidad no sería más que una regulación social que delata parámetros y deberes.

Este breve preludio no es gratuito: la poesía de Smiths parece tener plena conciencia del ir haciéndose que, en el caso de las mujeres, se sitúa en un camino pedregoso y repleto de otredades. Pero no sólo eso: en Smiths, además, está presente el tema del lenguaje que, en el caso de una escritura que apunta a lo femenino, resulta un conflicto fundamental. Aunque suene a chiste repetido, sabemos del peligro que acecha cuando confiamos en la referencialidad de la lengua. En el caso de lo femenino, el peligro es doble: “Exige el descenso a una misma con un discurso prestado: el del productor” (Bellesi 9), es decir, las mujeres, insertas en un lenguaje que no alcanza a la cosa en sí, están asimismo ancladas a la norma del discurso del patriarcado. Diana Bellesi confía en que la escritura femenina “fundará una nueva escritura” (9), desde la posición del outsider, situado al margen, fuera de la normatividad que presiona la sexualidad de las mujeres. Pero para que ello se produzca, y sabiendo de antemano que resulta imposible escribir fuera del lenguaje que es en sí un mecanismo utilizado por el poder, ha de existir la conciencia del centro, de la regla que pretende homogenizar los discursos. Para salir de ahí es inevitable el cuestionamiento, incluso el merodeo, las vueltas y revueltas. O como propone Hèléne Cixous, “[s]i la mujer siempre ha funcionado «en» el discurso del hombre, (…) ha llegado el momento de que disloque «en», de que lo haga estallar, le dé la vuelta y se apodere de él” (59). Esto es conocer sus mecanismos internos para darlos vuelta desde adentro, operando como un modo distinto, un nuevo acceso a los hilos delgados y siempre débiles de la palabra.


El lenguaje: registro y resistencia

En el caso de Smiths aquello es muy evidente. Podríamos decir que su apelación al lenguaje como lugar equívoco y, a pesar de ello, ineludible, la separa de gran parte de la poesía escrita en Chile por poetas emergentes mujeres. La duda aparece una y otra vez, es un gesto curvo y a veces circular de auto-reflexión: “que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios” (El margen del cuerpo, 33) o “sabe que no son denominaciones únicamente suyas” (El margen del cuerpo, 23). Esta condición de préstamo evidencia un sujeto que, en la búsqueda de lo propio, sabe de un posible fracaso al sumergirse en el lenguaje, pero que, a pesar de esto, habla y nombra. Dicha conciencia parpadea sucesivas veces, hace decaer la voz, que nuevamente se alza por dos motivos fundamentales. El primero radica en la escritura como refugio, quizá como único refugio posible: “Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra” (El margen del cuerpo, 16) y, en el mismo verso, el segundo motivo, la necesidad de registrar: “y que estampa”. Este libro en particular revela la necesidad imperante de registrar, de recuperar la memoria, de dejar una huella de lo propio como una ruta de búsqueda y encuentro: “anotar, en todas las direcciones, vehemente, en las paredes y sus planas, sin cotejo, sin diccionario ni normas, registrar, hasta el cansancio” (El margen del cuerpo, 37).
En su desesperación, anota en todas direcciones; en su necesidad incomensurable de registro, El margen del cuerpo se transforma en un cuaderno semejante a los diarios de vida de infancia que dan cuenta de esa memoria privada que constituye al sujeto. Ello es más obvio aún cuando notamos probablemente uno de los leiv motiv del libro: recoger los retazos de una niña de nueve años que se ha quedado ahí, en los nueve, huellada por la muerte, por el suceso mismo de la muerte que le ha dado como un golpe en la cara. La pérdida del padre y, en esa carencia, la voz que se sumerge y nada en la búsqueda de sí en tanto niña, en tanto mujer, en tanto sujeto que posee un sólo modo de dejarnos un documento: el lenguaje. Pero ella no se conforma, forcejea con el lenguaje, con sus propios recuerdos y faltas, y consigo misma. Como Pizarnik y sus otras hablándose: “alejandra alejandra/ debajo estoy yo/ alejandra” (65), Smiths también apela a la multiplicidad de voces: “La que sale por su cara le ha dicho que todas ahí adentro están alborotadas” (El margen del cuerpo, 26). Esto es un sujeto en construcción, descentrado, compuesto por varios hilos que no siempre se mantienen alineados, sino al contrario, conforman una madeja, de la cual la voz toma una punta para desovillarse.
Ahora bien, no todas las voces que habitan pertenecen al mismo orden: “pero sabe que le están dictando desde adentro” (El margen del cuerpo, 27). Existe, como en el gesto desesperado de registrar, una mecanización de la voz o tal vez una de ellas que pretende unificar, aunar y centrar. Desde allí podemos entender el símbolo de la mano que aparece en este libro: como mutilada del cuerpo, escribe y escribe, automáticamente intenta anclar la inscripción: “su mano, se aprende las líneas de memoria” (28); “el baile de una mano que aterriza en la loza” (35). Esa mano mecanizada y la voz que presiona por homogenizar, se vinculan a la resistencia que está presente en todo el escrito: “dejar atrás lo ajeno, esa otredad que también la fomenta, para desasirse de las señas que le imponen, de los gestos que no son suyos pero que le obligan a cometer” (20). Como Bellesi y como las demás teóricas citadas anteriormente, Smiths confía en un espacio de resistencia. A pesar de todos los peros, éstos son plenamente concientes: pero el lenguaje, pero la imposición de un centro, pero el deber ser. Frente a ello, el registro de las cavilaciones, del proceso mismo que es recuperación de la historia privada; la resistencia de Smiths es finalmente dejar un huella: “Ella no quiere volverse/ un sinónimo más/ en este cuaderno de poemas”, quiere ampliarse y derramarse, no definirse porque “[e]staba el mundo mal escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados” (11); no definirse, digo, porque el nombre implica una fuga, pero sí dar cuenta del arme y desarme del sujeto femenino.

De la extrema irregularidad

Este despliegue de forcejeos y de una lúcida conciencia del camino pedregoso que implica el espacio de lo femenino, es más duro e incluso violento en una reciente publicación de la autora: el poema “Las Muertas”, incluido en la Plaquette De la extrema irregularidad (San Antonio: Editorial Economías de Guerra, 2009). Aquí la voz derechamente interpela al otro, al contrario de lo que sucede en El Margen del cuerpo, donde el posible encuentro consigo misma implica un diálogo hondo y prolífico con lo propio. El poema abre con un “Tú/ tú me vas/ tú me vas a venir a decir a mí/ que estoy prestada” (sin numeración), en una apelación inmediata a un otro evidentemente masculino y opresivo. La voz que vimos en El margen del cuerpo, en ocasiones desnuda y mostrando costuras en su autorreconocimiento, recubierta de sí misma, y a la vez abierta; acá se cierra y se potencia para defenderse: “me vas a venir a decir/ que tengo la voz hecha un hilo/ apenas un silbido de páramo desierto”. Nuevamente se delata la conciencia aguda del lugar otorgado a las mujeres; frente a esta resistencia, pero no sólo eso, sino también la negación: “esa palabra que me creció hinchada/ y que dice No/ que se dice No/ que se sabe No/ que se inventa No”.

Este poema posee un giro muy preciso o quizá forma un círculo: comienza con esa apelación violenta, luego parece exhibir su condición precaria (“porque estoy prestada/ porque no sé decirme dejar de expeler así/ porque no sé darme de comer cuando hace frío”); y finalmente regresa a la inicial resistencia. Pero ese regreso contiene un cambio: cuando ha vuelto a ocupar el espacio combativo, la mujer se ha transformado: “me doblo y me incomodo y pareciera que fuese a/ quedarme en el desjuste/ y sigo ensayando hasta hincharme y endurecerme”. Aquí se revela la más importante de las negaciones y lo que provoca que no retorne exactamente al mismo lugar: su condición de ensayo y, sobre todo, el riesgo de desacomodarse, saliendo del parámetro y de la condición de préstamo, del encierro en algo que no le pertenece.
Así, tal como en El Margen del cuerpo, acá se da cuenta de una mujer-femenina en construcción. En este caso el recorrido pareciera encerrado en el triple movimiento mencionado anteriormente: resistencia, aceptación y resistencia de nuevo. Este último giro contiene en sí una conciencia más potente de la necesidad de salir del centro, del poder impuesto; por ello implica una transformación. Son los últimos versos los que nos dan la clave: “he de aprender a darme/ a mentirme/ a abrigarme/ a decirme/ a cantarme/ a conducirme/ a definirme/ esos son los verbos que nunca olvidamos/ es sólo que la historia nos hizo suponerlo/ es sólo que no estaba contemplado demorarse”. He de aprender a definirme, como un deber ser: la voz anuncia que debería, pero que ese quehacer se relaciona con la historia que intenta fijar. Demorarse, entonces, implica la noción de proceso, de estar armándose.

Ambos trabajos están estrechamente conectados. Podríamos perdernos en formalidades como el cambio de prosa a verso, o la distancia que poseen en cuanto a ritmo interno, a la música que emerge de ambos textos; pero no es suficiente. En el fondo, en los hilos más profundos, en las hebras articuladoras de ambos, notamos direcciones semajantes. Ejes que podrían situarse en un margen, pero ya no un margen inmóvil (que de esos abundan), sino de un espacio que está interconectado con el que pretende ser centro, que lo interpela y lo conoce. En medio de esos tira y afloja entre lo propio y lo ajeno, existe una mujer de nueve años (en El margen del cuerpo), o una que simboliza la violencia de la que ha sido presa (en “Las Muertas”), pero una mujer al fin y al cabo que, en el conocimiento de sí misma, deja un documento de su proceso constitutivo. Smiths no se mueve entre certezas, porque desconfía y duda de lo que la rodea y de lo que carga adentro; esa capacidad de sospecha es parte considerable de su poética y provoca que su escritura reluzca notoriamente en nuestro escenario literario actual.

Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada en Literatura por la Universidad Diego Portales. En el año 2008 obtiene la beca de la Fundación Pablo Neruda, y se desempeña como productora general de la revista literaria Grifo. En el año 2009 organiza, junto a Alexia Caratazos, el ciclo “desbordes: encuentro de arte femenino”; dirige la revista Grifo; y publica su primer libro de poesía: urdimbre (Valparaíso: Ediciones Inubicalistas, 2009). Actualmente trabaja en la Universidad Diego Portales y cursa sus estudios de Magíster en Literatura en la Universidad de Chile.

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