31 enero, 2010

[Una belleza arrasada: Paisaje lunar de Kurt Folch]. Por Pablo Torche

Paisaje lunar es el más reciente libro de Kurt Folch, poeta chileno nacido en Valparaíso en el año 1970 -antes contamos Viaje Nocturno (1996) y Thera (2002). En la siguiente crítica, el narrador Pablo Torche nos cuenta un poco más sobre el libro y la trayectoria y búsquedas estéticas de Folch.


Una belleza arrasada
Paisaje lunar de Kurt Folch


Refiriéndose al proceso creativo, el poeta Kurt Folch ha citado en varias oportunidades la frase de Tom Raworth: “es necesario que pase mucha agua por la cañería antes de que empiece a salir agua clara”, y no cabe duda que ha sido mucha el agua que ha pasado desde Thera, su libro anterior (La Calabaza del Diablo, 2002), y más aún desde Viaje Nocturno (de las ya extintas Ediciones Stratis, 1996). En este último, el primero de su autoría, exhibía una sensibilidad crepuscular y casi romántica, de la que Folch, al igual que algunos otros poetas de los noventa renegaría después, quizás demasiado pronto, en pos de experimentaciones formales o trabajos más herméticos. Seis años más tarde, Thera era algo completamente distinto. Primaba aún un ánimo melancólico, pero el lenguaje era más friccionado, receloso de sí mismo –herencia fundamental de Lihn–, y servía para dibujar un entorno borrosamente urbano sobre el que parecía cernirse una nube de desencanto. Siete años fueron necesarios desde entonces para la aparición del reciente Paisaje lunar (La Calabaza del Diablo, 2009), y las diferencias a constatar en la poesía de Folch son aun mayores.


No han sido años inocentes para la poesía chilena en todo caso, en particular la de la generación de los ‘90 en la cual Folch se inscribe, al menos cronológicamente. La búsqueda de un lenguaje fidedigno y verdaderamente expresivo ha dado lugar en este lapso a una serie de experimentaciones, encomiables quizás por su intrepidez si bien no siempre por sus resultados. En efecto, ante la sospecha creciente de un lenguaje incapaz de dar cuenta de cualquier tipo de realidad, muchos poetas han volcado su búsqueda al interior mismo del lenguaje, como si la materialidad de las palabras deparara alguna clave por otros medios inaccesible. Esta búsqueda “dentro” del significante no ha rendido muchos frutos, pero sí numerosos experimentos y es así como nos hemos visto inundados de una serie de engendros formales, que no excluyen signos, dibujos, e incluso ruidos, que más parecen salidos del departamento de decoración de "Casa&Ideas", que de una búsqueda propiamente poética.

En este escenario algo descorazonador, el libro Banda Sonora, de Andrés Anwandter, constituyó un aporte valioso al utilizar una construcción poética sobre la base de morfemas que armaban y disolvían incesantemente los significados, para capturar el vertiginoso zapping de la experiencia contemporánea. Se trataba de una poesía rayana siempre en el sinsentido, que a veces no parecía más que un largo listado, pero que en su conjunto se acercaba amenazadoramente a una conciencia lúcida de la vida actual. Paisaje Lunar parece tener uno de sus puntos de arranque en esta forma de experimentación, subsidiaria de Oppen, y más directamente de Raworth, pero que sin duda se interna pronto en terrenos propios y desconocidos.

Al igual que en el libro de Anwandter, prima también en Paisaje Lunar la idea de un mundo esencialmente antipoético, al interior del cual la belleza subsiste como algo ajeno y cada vez más asediado, entre los intercambios formulaicos de una rutina que se repite hasta el cansancio y el imperio de los slogans y las frases hechas. Quizás la principal diferencia, sin embargo, sea que en la poesía de Folch no se busca una vía de escape en el interior de un significante devaluado, o herido, sino más bien deja que sea el mismo lenguaje poético el que se muestre arrasado, constantemente interrumpido por fragmentos de una cotidianeidad llana, aparentemente antipoética. Es así como, tanto o más que los restos de la belleza, aparecen en este devastado “paisaje lunar” aquellos elementos que la han hecho sucumbir: a saber, todo tipo de discursos banales y superficiales, desde la farándula hasta la política, pasando también por los trámites y diligencias cotidianas y el recurso manido del amor.


Kurt Folch en Antología en Movimiento

Hay en esta superposición de discursos una cierta violencia, que constituye uno de los primeros elementos llamativos de esta propuesta: la idea que queda tras su lectura de que toda vida está también compuesta inevitablemente de trozos o astillas dispares y superpuestas, sin mayor relación entre sí, acumuladas arbitrariamente y casi a la fuerza al interior de un mismo espacio. Desde esta perspectiva, la opción misma del poeta sería rendir poéticamente el conjunto del material, para buscar en los intersticios algo que valga la pena exhibir; algo así como acumular relave para aprovechar el escaso mineral de buena ley que haya inscrito en la piedra.

En cualquier caso, se trata de una yuxtaposición de imágenes que da forma a una poesía a primera vista inconexa, a ratos hermética, casi siempre difícil, donde las precarias posibilidades de comunicación con el lector parecen reflejar las dificultades del mismo poeta por encontrar un camino que conduzca a una experiencia verdadera, yendo de callejón sin salida en callejón sin salida, con breves instantes de captura, disfrute, emocionalidad o experiencia, fugaces “arcoiris / de bencina / en un charco” (‘Espirales de polvo’), o “vitrales de música mecánica” que cuajan a veces en momentos de notable originalidad:

inercia
de meses y virtudes
destripados
o los objetos triviales
con su lustre
se dan por perdidos
la puerta oscura
amor flacura celos
cerrándose
un cielo amargo
se pasa en vela
a una noche
o tres
de distancia


En este entorno en el que predomina el caos y la destrucción, una cierta armonía emerge como a jirones. Se trata por cierto de una belleza hecha de incrustaciones, que no podría aparecer, por así decir en “estado puro”, que debe su existencia precisamente a esta trama confusa de referentes cotidianos y modernos, formas irreconocibles que ocultan quizás un mensaje oculto “como cualquier naufragio / incrustado en jeroglíficos / caligrafía que talla la superficie / a distintos niveles simultáneos” (‘El fuego y el lago’).

Como los versos anteriores lo anticipan, Paisaje lunar gira en torno a la esperanza de un imaginario de belleza, una armonía leve, pero imborrable, que se cuela siempre entre los versos. Es esta esperanza, habitualmente construida en forma de geometrías fractales, la que le confiere al libro su mayor originalidad y articula sus momentos más destacados:


entre topografías
del coral a la nube

la forma de ameba
decanta sin fin
multiplican los márgenes
algo de intuición
de a poco o de a golpe
triza lo oscuro
arcoíris en círculo
radiando la piedra
detectar hendiduras
perspectivas
al segundo
cero en la memoria.

(sin título)


Queda la sensación, tomando el libro de Folch como referencia del paisaje de la poesía chilena contemporánea, que lo único a lo que puede aspirar el poeta en la actualidad es a ciertos chispazos de belleza. Se trata de una presunción que pone al poeta en una posición compleja, pues lo obliga a una actitud de sospecha constante de su material, a una vigilancia activa para desechar los lugares comunes, los convencionalismos y la palabra fácil o fútil. No cabe duda que esta aprehensión ha llevado a varios poetas a una especie de “retracción de la experiencia”: en el esfuerzo de construir algo que sea verdaderamente original y valioso, el lenguaje poético se retira a una zona fría, material y a veces puramente formal. ‘Paisaje lunar’ comparte a todas luces esta tendencia, así como los temores que la inspiran. Pero a la vez propone de manera consistente un camino de desarrollo para la búsqueda estética, abre una senda de salida, aunque sea estrecha, al atolladero al que a veces diera la impresión que ha conducido tanta experimentación y formalismo. Creo que allí yace su mayor aporte al escenario poético actual.

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