16 diciembre, 2009

[Surfista del lenguaje y traductor del viento]. Por Víctor Quezada

Germán Carrasco es uno de los poetas más novedosos e interesantes del panaroma poético chileno en la actualidad. Por esta y otras razones, ahora les presentamos un pequeño texto panorámico de su obra, escrito por Víctor Quezada. No dejes de leerlo.

Surfista del lenguaje y traductor del viento

Germán Carrasco
Nacido en Santiago de Chile (1971), es un poeta que ha cumplido fielmente con el camino del joven chileno de clase media con pretensiones artísticas. Veinteañero, pasó por el taller de poesía de la Fundación Pablo Neruda; publicó Brindis, pequeño libro que ganó un tercer premio en aquel concurso que realizaba la Universidad de Chile por esos años y que ya no existe porque en esa universidad todo se devalúa hasta desaparecer (este concurso es significativo: el año 1993, entre las obras premiadas estaban además del citado libro: El Yo cactus de Alejandra del Río, Hotel para un viaje a la belleza de Cristián Gómez y La rosa del mundo de Javier Bello; cuatro poetas que, por esas interesantes reducciones de los antólogos, destacan como exponentes de relieve en la “promoción de los noventa”); entrando casi a los treinta años es congratulado con el Premio “Enrique Lihn” (1999) y, antes, con el Premio “Jorge Teillier” (1997) por su segundo libro: La insidia del sol sobre las cosas. Al año siguiente, tal libro sería publicado por Dolmen, misma casa editorial (ahora J.C. Sáez editor) que publicó, después, Calas y Clavados. El 2006, a sus treinta y cinco, publica en el extranjero Multicancha, segundo volumen del proyecto latinoamericano El Billar de Lucrecia, organizado, entre otros, por la mexicana Rocío Cerón. Ahora prepara Ruda, libro próximo a publicarse. Figura en la mayor parte de las antologías que conocemos y dejó de figurar en alguna por esa rebeldía que es parte del proceso de formación de quien intenta la singularidad. Abre –tergiversando su estricto carácter cronológico- la antología de jóvenes talentos del poeta Raúl Zurita (Cantares: nuevas voces de la poesía chilena), y es –junto al nombrado Bello y Héctor Hernández- quien “demarca el abismo que separa la poesía que ha emergido (y que continúa emergiendo) de la anterior”, según el premio nacional.


Leer en Chile, escribir todavía  
Un amigo, hace tiempo, en el medianamente concurrido lanzamiento del segundo número de la revista de literatura Contrafuerte, me contó que por casualidad estuvo sentado en la mesa que compartía Germán Carrasco, recientemente venido de Argentina, junto a algunos jóvenes poetas. Que este preguntó a todos –quizás menesteroso– si sus libros se leen en Chile. Mi amigo por respuesta subió los hombros o miró para otro lado.
El valor fundamental de Carrasco estriba en la reinterpretación productiva de las características de la poesía moderna y, singularmente, en la notable autoconciencia del momento que le toca vivir como poeta
Yo puedo responder que poco se lee en Chile y especialmente poco de aquellos poetas que publicaron desde los noventa (y ochenta) hacia acá. Razones hay muchas aparte de la obvia y general: la que tiene que ver con la educación o el destino de las Humanidades en nuestro país. Otra también es obvia, idéntica en algún sentido a la anterior o matriz de ella, y habla del interés que produce la poesía frente a los discursos mediáticos, partes integrantes de un silenciamiento prolongado desde las tácticas de reorganización social llevadas a cabo por el autoritarismo -del que una cultura de mercado es indiscernible.
Yo, sin embargo, me sumo a la perplejidad de aquel amigo frente a esa pregunta particular y directa del poeta, pero añado: debería leerse a Germán Carrasco.

El lenguaje como un campo de batalla  
Si bien reconocemos que hay algo inusual y sorprendente en toda su obra, es muy importante dejar en claro que no es una sorpresa equivalente a aquella que representó el advenimiento de las vanguardias en el contexto europeo, la asimilación y supuesta ventaja de ellas por parte de V. Huidobro, la aparición de Residencia en la Tierra, el aislado y fructífero trabajo de C. Vallejo en este sentido. La sorpresa que representan La insidia del sol sobre las cosas, Calas, Clavados o Multicancha, va más en relación con una inflexión de aquella sorpresa novedosa y utópica de principios del siglo XX o, para decirlo de una vez por todas, lo sorpresivo en este proyecto abierto de Carrasco pasa por su inteligente inserción en la tradición moderna de la poesía, cuestión que lo sitúa en el cabo de ella. Recordemos que es la relación con ciertas tradiciones la que otorga a un texto la posibilidad de ser reconocido y actuar como un discurso poético; y la presencia efectiva de estas tradiciones la que permite “el desarrollo presente de la poesía, la continuación de su dudosa eficacia”. –Federico Schopf.
Una tradición de la ironía que distancia la enunciación de la referencia del enunciado; de la preferencia por los fragmentos sin totalidad que señalan, probablemente, una fragmentariedad en la experiencia y realidad representadas y, por tanto, de la amplificación vertiginosa de estas como afán de liberación. Cuestión que en nuestro autor se manifiesta como momento, muchas veces, anárquico de juego textual sin pretensiones de liberación, pues, como repite alrededor de su proyecto, la praxis misma es la que lisia. Comparte, sin embargo, ese sentimiento de angustia-amargura característico de dicha poesía frente a las imágenes represivas, cuestión que desplaza su atención y señala un privilegio por las figuras del mendigo-poeta (“el loco Whitman”), de los “punks de Nueva Independencia”, de los jóvenes hip-hoperos, del “español amapudungao”. Figuras que, a la vez, obedecen a la pretensión contra la sublimación del discurso poético en general y de la realidad que representa, tan singulares en las manifestaciones de las vanguardias y, posteriormente en Chile, con Parra, Lihn, Millán o el Neruda de Estravagario.
Consecuentemente, para el académico Grinor Rojo el valor fundamental del poeta (en el tiempo de la publicación de su tercer libro: Calas) estriba en la recepción y reinterpretación productiva de las características de aquella vertiente de la poesía moderna y, singularmente, en la notable autoconciencia respecto del momento que le toca vivir como poeta, a saber: su capacidad de manifestar un código aplicable al presente, introducir mediante los mismos procedimientos ya asimilados por una tradición de lecturas, sentidos que renuevan la fuerza de aquellas formas y artilugios retóricos.
Otra, y tal vez la característica más relevada de esta tradición que se actualiza en Carrasco, es el montaje de discursos heterogéneos, la intención de mezcla de las diferentes hablas y materiales en el texto poético. Montaje lingüístico que para Cristián Gómez (en su reseña de Clavados) era una arista de la peculiaridad de su poesía: el carácter de horizontalidad de su escritura o la amplitud de registros que acogen “lo elegante y lo demótico” sin establecer aparentes jerarquías. Lo que marcaría, a su modo de ver, una distancia con la tradición chilena pues supera la simple dicotomía entre aquel que viene a “hablar por vuestra boca muerta” y quien, sin lograrlo, se propone elaborar una poesía “al alcance del grueso público”. Pero sin dejar de ser, al mismo tiempo, resultado del proceso de democratización que, junto a la sociedad, acompañaba implícita o explícitamente a la poesía.
En este sentido, Gómez, haciendo caso de la supuesta exigencia -extendida hasta nuestros días- por lo político en poesía, nos dice que la escritura de Carrasco abre su propia y particular lectura política en la medida en que trastoca la arbitraria relación de los signos con sus referentes, el traspaso lineal entre significante estético y significado socio-político (para decirlo en lenguaje teóricamente ilustrado).
Frente a las manifestaciones menos felices de la pregunta por lo político en poesía -la estetización de la política-, Carrasco da lugar a una poética donde el texto va en contra de las “zonas agresivamente monolingües” de este campo de batalla que es la cultura. Ejemplos para respaldar esta idea hay muchos transversalmente en su obra, poemas como: El mundo se divide en tres, El mercado (de La Insidia…), Un panorama, Los del hospicio, Casagrande (de Calas), Shylock, Antonioletti en el fumadero del liceo Gabriela Mistral (de Clavados), Ombú, Elefantes blancos, Srs. Lavandería Nueva Tokio (de Multicancha), etc. son una muestra eficiente. Pero, más interesante que aquella intención política, es ese afán anárquico y autoconciente de los textos que se rehúsan a aceptarla pasivamente, pues:

al amor verdadero le cae la inopia encima
que son los celos de una sociedad mal planteada mal diseñada
razón por la cual la poesía y el amor son subversivos
eso para responder la eterna y aburrida pregunta por lo político en poesía
que provoca unas ganas de bostezar que te las encomiendo


Quincunx (o la vi por primera vez en una verdulería fosforescente). En: Clavados. P.11
0.



 
Germán Carrasco en Antología en Movimiento.


Una colección de poemas / el libro como obra
Otra de las seudo problemáticas que -junto al afán de grupo derivado de las vanguardias y la oposición a un régimen de exclusión que inocente y muchas veces irresponsablemente cree generar valores políticos y desde allí jerarquías morales- alimenta a la última poesía en Chile, es la de la apercepción del libro como colección de poemas -cercana a una antología de sí mismo- o el libro como conjunto que construye una obra.
El proyecto de Carrasco se inclina firmemente por la segunda opción pero, más allá de proponer temáticas particulares que se desarrollan y resuelven en cada uno de sus libros, subordinando la unidad de cada poema en virtud de un conjunto, opta por la deliberada inconclusión, el carácter no definitivo de los poemas y los libros, aunque todos por sí mismos tienen siempre una idea que recorre y alienta la producción como eje central: poética que singularmente se sintetiza en los títulos de cada uno de los volúmenes.
En tal sentido, debemos entender la obra de Carrasco como una obra siempre y por ahora inconclusa –cuestión que marca su total frescura y juventud–; como un proyecto abierto donde temas y espacio representado (que es de forma prioritaria el espacio de la ciudad) se van retomando en su conjunto, apareciendo como “las raíces exteriores del ombú”, reconquistando “espacio público y aceras”, quizás de la misma manera que en narrativa Roberto Bolaño va configurando sus materiales, los que trascienden la lectura particular de sus novelas y su linealidad cronológica: la del tiempo narrado, la de las fechas de su publicación.

El abismo que separa la poesía que ha emergido de la anterior  
Debemos, finalmente, decir que no hay lectura fundacional posible en la escritura de Carrasco, como nada de fundacional en la de J. Bello o H. Hernández, no hay un abismo que separe. Sí, una radicalidad de medios expresivos, donde por ejemplo la operación de montaje se enquista en el trabajo de una memoria de los restos y ruinas nacionales: de los monumentos, los emblemas o de “todas las banderas –hasta las de rendición”. Sin melancolía, la continuidad del proceso de apertura del léxico que se incorpora a los discursos como efecto del montaje, genera una algarabía de asociaciones devenidas de diferentes tradiciones (distintas entre sí y de disciplinas artísticas diversas) que, en el caso del autor de Multicancha, acogen una superficialidad que refiere siempre a imágenes de la poesía, por lo que el espacio nacional, cultural y el generacional no importan en su carácter “real” sino en la medida en que sirven al discurso poético como una hipotética vinculación con el lector primero y exclusivo de su obra. Pienso –desde la posición de ignorancia que elijo, es claro- que no hay literatura en este país como la de Carrasco, una que sin ser traslúcida -es más, otro de sus recursos primordiales es la alusión no explícita- pueda participar tan activamente de aquello que podemos entender como una poesía en Chile, aquel afán ideológico que nos nutre.


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