30 noviembre, 2009

[Solsticios y Allí estás. Dos libros de Marea Baja Ediciones]


El pasado viernes 27 de Noviembre en la casa-museo La Chascona de la Fundación Pablo Neruda, se realizó un doble lanzamiento. En la ocasión, la naciente editorial de poesía Marea Baja, presentó sus dos primeros títulos: Allí estás de Juan Santander y Solsticios de David Villagrán. El poeta Juan Manuel Silva y el profesor y editor de Kavafis Íntegro Miguel Castillo Didier, fueron los presentadores. Ahora podrás ver y/o leer cada una de las intervenciones además de conocer a estos jóvenes poetas.


Allí estás, de Juan Santander, o las trampas del café. Por Juan Manuel Silva

En las lides del arte verbal llamado poesía, ciertos valores cambian. Por ejemplo, que yo sea amigo del autor del volumen a comentar, pensando únicamente en la amistad, más que ser un noble sentimiento, en poesía, pareciera esconder sucias relaciones sectarias. Del mismo modo, si en nuestro mundo la falsedad, el artero carácter, son actitudes negativas, en las fértiles tierras de la literatura, son auspiciosas estrategias de representación. Vasta como la imaginación del hombre es la lista de escritores y escrituras que hacen trampa, que juegan con sus lectores y las posibilidades de lectura de cada época; quizás un inútil romanticismo ególatra haya hecho hincapié en la genialidad que a tal práctica subyace. Por mi parte, me inclino a pensar, que del mismo modo que el sediento hunde sus manos en el agua para beberla, quien asume con serena gratitud el destino literario, deja que aquello que es la literatura pase a través suyo.

Una de las características de Allí estás, primer libro de Juan Santander (Copiapó, 1984), es la decidida negación al yo central, al sujeto que se expresa y construye su escritura como la extensión de su persona, su máscara. Los poemas del libro, por el contrario, buscan desestabilizar la univocidad de la voz, entregando una pluralidad de voces. Tonos que se construyen desde la apelación a un otro, la representación de imágenes, la expresión sentimental y de una supuesta intimidad. Al cabo, casos como el del poema que le da título al libro -en el que el sujeto que habla es femenino, describiendo la entrada a la casa del amante como una ladrona o espía, dando cuenta de la ausencia de ese otro que es, en el fondo, la imagen del escritor, del poeta, siendo acechado por el objeto de su deseo-, dan cuenta de un factor relevante en la posible estructura que aglutina a los poemas. Esta es, la ausencia del otro al que se quiere nombrar, sitiar u observar. El amor, presente como agente de cambio, como pulsión del descubrimiento y la nominación, digamos, la erótica de los poemas, niega de plano la existencia material del otro. En ese sentido, Allí estás configura una serie de perspectivas que no alcanzan el diálogo, pues parecieran reflejar el quiebre entre las conexiones y los vínculos que permiten o permitirían al sujeto entender e interpretar la realidad. Ya sea la naturaleza, acciones rutinarias, amada o amado, el sujeto se despliega difusamente en la relación que propone ante el mundo.



Dicho de otro modo, podría pensarse que esta época que nos toca leer es, sino la que más, una de las de mayor legibilidad, a pesar del sofocante imperio de la dificultad y el enigma. Digo que puede ser de mayor legalidad y legibilidad, pues quizás nunca antes habían existido tantas oportunidades para aprender un oficio, una disciplina -en este caso, la literaria-; lo que debiera decantar en una amplificación de las posibilidades de producir e interpretar los productos humanos. Desde la comida hasta el arte, las democráticas estrategias de abarrotamiento informático, llámense prensa, Internet o televisión, han cubierto de un halo de sapiencia cada experiencia humana. Seguimos siendo felizmente modernos. Por lo mismo, las ansias de entender el mundo como un texto lógico, además de verse continuamente frustradas, han desembocado en una masificación y una popularización del arte. Lo que alguna vez se creyó museal y áureo, hoy habita en el exterior gris de las calles y los hospicios públicos. Tal carácter colectivo, recogido como otra máscara, es productivizado en el poemario, dando la impresión de asistir a una exposición de instantáneas, retazos biográficos y testimoniales, a saber, materiales de la alienada cotidianidad que se dibujan con un decidido y seguro trazo, en expresiones del decir colectivo. Palabras comunes, vaciadas de cualquier particularidad y egoísmo, logran aislarse de dicha comunidad para intentar reconstituir un decir poético que aparenta ser próximo o prójimo. Esta simulación, o el docto simulacro, de una realidad representada sin el cedazo de la subjetividad, sin la sobredeterminación simbólica, musical o teórica, presenta, sin embargo, una forma de componerse, de agruparse que, sin tensionar la sintaxis, extraña y motiva la perplejidad. Así, aunque pareciese atractivo vincular este grupo de poemas a estéticas orientales, mínimas y animistas, al objetivismo norteamericano, a la exaltación del paisaje que hiciera un poeta como Pedro Prado, a un realismo sucio, al realismo de nuestras narrativas americanas o a la topofilia urbana de un Millán o un Lihn, aunque sea gozoso interpretar estos poemas desde la literalidad, la constelación que diseñan los poemas, su arquitectura, pareciera estar más ligada a una conciencia altamente intelectualizada, que intenta representar el problema de una primera publicación: el género del primer libro de poemas. Me explico: como existe una conciencia de la espacialidad y la temporalidad, hay también una decidida intención solapada de vincular estos poemas con las primeras producciones de algunos de los poetas más relevantes de nuestra reciente historia americana. La reflexión sobre la imagen en los primeros poemas de Neruda, Vallejo y Borges, más allá de los atavíos vanguardistas o modernistas que caracterizaron dichas escrituras, se detiene en examinar los excesos y anularlos. La sobriedad de las imágenes y la vuelta a las materias primeras: el deseo, la fugacidad, lo permanente y la soledad, se conjugan en un diálogo interno entre los productos de la inteligencia humana y aquellos productos de los que ignoramos su autor, a saber, la naturaleza. En ese sentido, la tensión que se plantea entre los niveles naturales y humanos, lo único y lo repetible, patentiza que la primera producción poética debe hacerse cargo de los primeros problemas. No afirmo con esto que haya una estética de lo original o lo primero, al modo presocrático; por el contrario, intuyo que la conciencia del primer libro instala, de alguna manera, problemáticas comunes, compartidas, primarias y prioritarias para quien decide hacerse camino en este oficio. Asimismo, si las preocupaciones no son universales; si como los maestros, aquello representable son las imágenes de lo próximo, sean estos espacios Santiago de Chuco, Maruri, Palermo viejo, Copiapó o Santiago, tales imágenes deben hacer justicia a la experiencia del colectivo. Es en ese sentido que podría aceptarse la conciencia Clásica o Neoclásica (en el decir de Borges), pues la particularidad, el color local, debe ser suprimido no por su ausencia, sino por la posibilidad que su presentación supone y logra al ser comprendido como un lugar común: experiencias que se universalizan en la imaginación lectora. Más allá de la mención de un Whitman que le canta a la extensión del globo, la reducción al mínimo espacial, apelando a una falsa intimidad, permite que dichos espacios puedan ser leídos, o recontextualizados en cada lector, desde su propia e íntimo mundo. La provincia, la capital y la exploración del mundo material, logran desanclarse del nombre propio al permitir que un otro los habite. Por ende, la aparente simpleza, conduce a que en el tráfago de cada lectura individual el lector crea verse reflejado y con esto amplíe las significaciones, haga suya cada palabra vaciada, reúna los retazos y sitúe en su propio e íntimo hospicio, en su propiedad, aquello que es compartido. Como el aire y el agua, como los alimentos, los poemas de Allí estás proponen la anulación de la voluntad individual, la negación a una angustia de las influencias, para que cada uno de los lectores se debata con su múltiple universo de lecturas.

Grato en este caso es recordar nuevamente a Whitman, pues a pesar de situarse como un yo monumental, las historias, las imágenes y las situaciones que representa, acaban huyéndole, deslizándosele de los dedos. Así, quien canta es quien libera a las cosas de la propiedad humana para devolverla a un orden previo o ulterior. La libertad que cantara Whitman, es la libertad y la justicia que intentan hacerle a las materias los poemas de Allí estás, un sacrificio del sujeto sin aspavientos, sin patetismo. El dolor de la separación, la necesidad de compañía y el silencio entre los amantes no se elevan a la alta esfera de las ideas, pues son comprendidas como experiencias repetidas a través del curso del tiempo.

Un primer libro no es el borrador, sino el campo de batalla en el que se anula la historia de la literatura. Una promesa ajena a la novedad, el instante que aísla el grande coro de voces para que pueda verse la imagen de ese cazador que viera su rostro reflejado en las trémulas aguas del río. Por esta razón, la apuesta de Allí estás, contraria a la vehemente y ansiosa intención de situarse como un autor, actitud propia de las actuales promociones poéticas, discute una doble y civil característica del poeta: ser un lector de la tradición y del mundo en el que se desenvuelve. Es en esta dialéctica donde se da, aparentemente, una elección por la lectura del mundo y lo real. Aparentemente, pues la omisión de la cita explícita, del intertexto evidente, más que plantear un predominio de la fotografía y la descripción, revela que el problema de representar escapa a la mera referencia a otras representaciones y formas, ya que el arte poético halla un solaz en hacer visible un descubrimiento, no una fórmula para llegar a tal hallazgo. Probable también, es que la historia de la literatura esté compuesta de un par de metáforas, recursos repetidos, comunes, que vuelven a despertar la inquietud y el estremecimiento no como puertas o atajos, sino como experiencias en sí de las cosas, es decir, presentaciones, presentes, presencias que ya no dependen de un sujeto ni de su modo de presentarlas. Allí estás busca presentizar lo que el tiempo diluye en sus aguas, lo que el recuerdo, el sentimiento o la imaginación desdibuja. Árboles, piedras, agua, objetos que son pospuestos en otras poéticas, son justamente devueltos a su salvaje potencialidad de significar, su tranquilo peligro. En resumen, podría decirse que el viaje hacia la justicia de las cosas, los objetos y su relación con los sujetos, es una invitación a preguntarse por el orden legal y legible del gran discurso del mundo y la literatura, una querella contra el fundamento de nuestras certezas, donde un simple viaje en bote puede ser la entrada a lo desconocido, la profunda superficie de las cosas.




Solsticios de David Villagrán. Por Miguel Castillo Didier


Con mucho gusto he aceptado decir unas palabras en este acto de presentación del poemario Solsticios de David Villagrán (Santiago, 1984). Y me ha alegrado saber que esta obra contó con una beca del Fondo del Libro el año 2007. Hoy, en la sociedad en que nos ha tocado vivir, pareciera que predominan sin contrapeso el culto al becerro de oro, la entrega al consumismo más desenfrenado, el afán de exhibicionismo mediático; y parece que hubieran quedado sepultados los valores del auténtico humanismo que cultivaron los grandes hijos de América Hispana: una hija de México, Sor Juana Inés de la Cruz; un hijo del Perú, el Abate Juan Pablo Vizcardo; un hijo de Chile, el Abate Juan Ignacio Molina; un hijo de Venezuela, Francisco de Miranda; el maestro de América, Andrés Bello; el apóstol de la emancipación de Cuba, José Martí. Por eso, es reconfortante ver que hay jóvenes que, superando la aplastante presión de los valores de esta sociedad del capitalismo salvaje y del mercado salvaje, creen en la poesía, en la música, en la belleza. Jóvenes que nos muestran cómo el misterio extraño y efímero que es la vida humana puede ser elevado y llenado de contenido a través del misterio igualmente extraño que es la poesía. El lenguaje, esto que nos diferencia radicalmente de los demás seres vivos, es también algo misterioso. Y lo es asimismo el hecho de que en algún momento algunos hombres comenzaron a expresar ciertos sentimientos, ciertas vivencias, ciertos anhelos, no en el lenguaje cotidiano, sino en un lenguaje organizado de modo especial, con una armonía proveniente entre otras cosas de la recurrencia sistemática de algunas realidades fónicas: la longitud o brevedad de las sílabas; más tarde, de determinados acentos. En el poemario de David Villagrán, hallamos ese amor por la palabra y por la belleza, y la expresión de ésta en aquella, que es la base y requisito esencial de toda auténtica búsqueda poética.
David explora distintos horizontes, tanto en la forma de los versos, -más estróficos unos, más versiculares otros- como en la temática. Sus poemas no son de los que entregan una sensación fácil al lector, y requieren más de una lectura atenta. Las imágenes son tomadas desde un aspecto y reaparecen desde otra faceta, entrecortada por pausas y silencios. Así, en el bello poema “Pasión por engendrar una forma en el temblor difuso de la lluvia”:

Manos:
manos vueltas cuenco en altamar
de hombres,
lamiendo de sus palmas dulce oro de los ríos.
Hombres:
postergar todo lugar y envejecer,
pronunciando un fino vaho de comercio
secos, henchidos sus dorados labios.

O en “Prodigio de nave circular (que circunda y al par circunnavega)”

“Incapaz de dominar un diluvio”
“su corazón, el arca sobre el cielo”

El hablante lírico tiene una voz lejana, como si recordara viajes en “Oído en el oleaje” y en “Consumía su corazón en los bajeles”, por ejemplo. La secuencia de imágenes se interrumpe con tonos altos en “Principalía”. Los dísticos de la triada “…Afrodita que da la vida…” son la excepción dentro de las dos líneas rítmicas aludidas anteriormente.
Nos encontramos frente a un poeta de bastante oficio, que apunta en su primer libro una variedad de objetivos, no reconocibles a simple vista y que, esperamos, serán abordados en las siguientes publicaciones.


Este poemario presenta más de un aspecto peculiar. Hemos encontrado más de un elemento que nos ha llamado la atención. Uno de ellos es la longitud de los títulos. En diecinueve poemas, no más de cuatro títulos son breves. De ellos sólo uno consta de una palabra. Las otras 15 poesías ostentan títulos extensos. Y la mayoría de ellos pueden leerse como uno o dos y hasta tres versos. “Por esta gracia disuelta en espacio” es un perfecto y hermoso dodecasílabo. “Pasión por engendrar / una forma en el temblor / difuso de la lluvia”, constituye una secuencia de un octosílabo, un heptasílabo y un octosílabo. “Prodigio de nave circular / (que circunda y al par circunnavega): aquí conviven un decasílabo y un endecasílabo. “Consumía su corazón en los bajeles”, verso de trece sílabas. De igual medida son los dos versos que conforman este título “Arreciaron las lanzas tormentas de hierro / y su juego fue vano, inocente de heridas”. Y podríamos seguir.
Una proporción importante del contenido de este poemario está vertida en los moldes de las medidas tradicionales. Combinadas estas libremente. Así, por ejemplo, el poema que abre la colección. Ya hemos recordado el dodecasílabo que constituye su título: “Por esta gracia disuelta en espacio”. El primer grupo de versos combina un endecasílabo, dos decatrisílabos, un endecasílabo y un alejandrino. Mientras que en el segundo grupo de cuatro versos, encontramos uno de doce sílabas, dos de diez y un endecasílabo:

Lo que los ojos negando hayan visto:
la trama imperceptible sobre el seno quieto
o el rostro eterno que la mujer conduce,
todo lo eleva el corazón, oscuro
junto a la luz que tensa por una idea que ama.

En los otros cuatro grupos de versos, hallamos parecidas combinaciones de ritmos, leemos el segundo y el quinto de estos grupos:

Así confunde cielo claro y lecho abierto
ambos con el viento en su principio,
y habla de una amante joven siempre,
de una diosa que oye con el pulso.

Pero es inútil que interprete su deseo,
lo que ella ofrece siendo muy lejano;
así contestan los ojos bien despiertos,
pacientes de la espera como el tiempo
del mundo que en la mente se imagina:

Dos versos de trece sílabas constituyen el título de este poema: “Arreciaron las lanzas tormentas de hierro, / y su juego fue vano, inocente de heridas”. Valdría la pena leerlo completo y compartirlo así con ustedes. Al menos recordemos dos estrofas de belleza clásica:

Pon tu corazón en la balanza
que nadie mida el púrpura de la tierra
una estación entre estaciones cava
el surco que otro surco canta.

Hambre nueva, ceniza entre los dedos,
siembra y siega útil como tumba
cuando el jardín es un olor que sobrecoge,
y viste monte claro, día tibio.

Más de alguna reminiscencia clásica logramos percibir en ciertos poemas, y decimos “logramos” porque las referencias intertextuales se presentan muy contenidas. Por excepción, nos llega un claro eco homérico hermosamente incrustado en el poema siguiente, cuyo título es notable y nos coloca desde la partida en un clima inquietante y que se confirma desde el primer verso. Este es el título: “Tierra dura para las impacientes plantas del pie, tierra hecha para el vértigo”. Y estos son los dos primeros versos:

En el yermo los hombres se cortan en pedazos,
caballos sin jinete cocean los cielos…

Y al final del poema, surge la dura verdad homérica:

Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre
entre cuantos se mueven sobre la tierra,
ni aras para contener el hambre
a cuya espalda la codicia se remonta.

Ecos clásicos resuenan asimismo en este poema cuyo título también anticipa el clima del texto que sigue. Éste es el título “Gimen los fantasmas nuevos, los viejos lloran. / Se les oye llorar los días oscuros y lluviosos” Y este es el comienzo:

Pueblo, nuestro pueblo está en ruinas
¡Y cómo brillan sus monumentos!

Lluvia trajeron los astros derramando violencia,
jamás pensó el exilio volvernos a las costas
sobre nuestra tierra naufragamos,
en nuestro propio campo somos sangre
grano y plaga de langostas.

Los invitamos a conocer esta poesía y auguramos a su autor, el poeta David Villagrán, un sólido trabajo poético creador. Desde la ausencia física obligada, agradecemos a David el que nos haya invitado a decir unas palabras en este acto de presentación, y al amigo Miguel Saldías, poeta también él, que ha tenido la gentileza de leerlas.

Miguel Castillo Didier.

Puedes también revisar los videos de estas dos presentaciones:



Juan Manuel Silva presenta Allí estás de Juan Santander.


Miguel Saldías en representación del profesor Miguel Castillo Didier presenta Solsticios de David Villagrán.

2 comentarios:

O. dijo...

Todavía quedan viejos nazis entre nosotros. ¿Quieres conocer a uno? http://opalazon.blogspot.com

O. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.