01 abril, 2009

[Sobre Alfabeto para Nadie de Cristián Gómez]. Por Juan Manuel Silva.

El siguiente artículo marca el regreso del blog de crítica literaria y literatura chilena actual LA CALLE PASSY 061 a las publicaciones. Fámulos de la tradición, Familia: Sobre Alfabeto para Nadie del poeta chileno Cristián Gómez (1971) recorre el libro desde un particular punto de vista, aquel que habla de la tristeza de la escritura, la vida familiar y social.
Alfabeto para Nadie fue publicado por Editorial Fuga en el año 2008. Continúa leyendo el artículo del escritor Juan Manuel Silva Barandica en el siguiente enlace.

Fámulos de la tradición, Familia:
Sobre Alfabeto para Nadie de Cristián Gómez.

Toda aquella amargura y todas aquellas curiosidades que
años después habrían de clavarse profundamente en mi corazón
las viví en mi infancia en forma de aburrimiento y melancolía.

Orhan Pamuk, Estambul.


Como versa la costumbre, debería ser tarea mía indicar mis opiniones y gustos en torno al libro. Si lo encontré fatigoso, lambiscón, altanero o errático. Pienso un adjetivo y el único que se ajusta al conjunto de poemas de Cristián Gómez es triste. Alfabeto para nadie es un libro triste en muchas acepciones. En primer lugar, pues es una escritura que se sabe impotente en ciertos campos. Sabe que no podrá llegar al deslumbramiento de la palabra, al destello que abre el cuerpo del poema para transportar a una experiencia única, o algo trascendente. Nada hay de trascendental ni extraordinario en este libro, y es lo que también muestra un decir triste, cansado, como si un fracaso distinto al que publicitan los profesores de literatura y los escritores de moda, consumiera esas palabras que construyeron al sujeto; como si esas palabras que escuchó de padre y madre, se hubieran podrido mostrando la cáscara de algo vacío. Triste, por otro lado, pues la instalación de las promesas de la concertación y la democracia, las promesas del perfeccionamiento técnico y de una izquierda librepensadora, sin derrumbarse se mostraron en muy poco tiempo invertidas, camuflando su operar como extensiones del gobierno o el aparato económico en Chile.
Al contrario que otros seudo “críticas” del programa de vida en Chile y el mundo, Alfabeto para nadie desde esa aparente negación al mundo que propone el título, desde esa tristeza, logra separarse de acomodaticias intervenciones irónicas a la forma de vida de la clase media o de los pobres. Sin buscar abanderarse con ninguna falsa creencia o prejuicio, el sujeto observa, mide y padece esa medianía de no formar parte de nada, de estar en una especie de limbo en que a nadie pareciese importarle nada, en que los niños mueren de cáncer en los hospitales y en la existencia de “un peso en la conciencia / que aspira a reemplazar / a la conciencia”.
Gómez además recupera vínculos interesantes con la tradición, una suerte de poética del canon microscópica o de pequeñísima interpretación, en la que más allá de los proyectos escriturales, el trabajo serio y la paciencia, hay una constante que provoca en nuestra historia literaria un silenciamiento de ciertas voces: “Nunca sobreviven los mejores”. A pesar del anacronismo de pensar en mejores o peores, la condición de tales exclusiones canónicas es preocupante, tanto como la similitud entre los ignorantes granjeros del centro de Estados Unidos y quienes amparados en la educación superior, seguimos intentando interpretar los grandes símbolos, el mar, los navíos, el crecimiento de los vegetales o su muerte, en la que toda mistificación del arte se suspende en un par de frutas “ las ruinas / son un par de frutas sobre una bandeja, / como un dios menor la naturaleza ha muerto / retratada en la quietud de su agonía”. Una observación inútil, aparentemente superficial, como la que muestra Darren Aronofsky en el final de Pi, “El declive / de la luz no guarda relación con el del tiempo”. Quizás en el mismo orden la mención a Jorge Teillier al final del poema Clase: “una repetición del / aire que respiramos y / dejamos/ de respirar” revele un vaciamiento, un mostrar el discurso del mundo en sus materiales constituyentes, al menos, en el ámbito de las letras, con una reescritura anulada, que sin ironizar ni lamentarse habla de quienes creyeron cambiar el mundo pagando las mensualidades de una universidad (en el poema Los túneles morados) y terminaron por repetir poemas de Nicanor Parra mezclándolos con una de las tesis de la historia, en que Walter Benjamin propone la ruina histórica, la pérdida de ese decir paradisíaco y adánico, en la imagen de Paul Klee “Angelus Novus”, donde un ángel es expulsado del paraíso por el torbellino del progreso, del tiempo ( el poema “Los ojos del mantel”). Tal repetición es importante, del mismo modo que una fatiga de la parodia, pues hay en la poesía de Gómez aspectos que parecieran ser de mayor relevancia.
Leyendo Alfabeto para nadie surge un campo de discusión, un espacio innominado y frecuentemente vuelto espectáculo por los poetas de la infancia o la nostalgia: la familia. En el caso de Gómez, la negación a ese alfabeto para los otros, es un replegarse y contenerse en un decir particular, una sabiduría de los pequeños cabos sueltos que quedan en las relaciones interpersonales, que a nadie pueden explicitarse. Creo que la crítica debiera dedicarse a las familias, pues como lo pensó Engels, Marx, Bachofen o Imrul Qais, hay en estas células, en estos corpúsculos, una reproducción casi exacta del mundo tal y como lo conocemos. Walter Benjamin hablaba casi hace un siglo de que las maravillas de la fotografía microscópica nos habían revelado que Klee no padecía de una aberración de la vista en sus pinturas, sino que retrataba un plano profundo de la materia. En ese sentido, intuyo que las reflexiones familiares son, en el fondo, críticas, pues reflejan conflictos mayores a escala social. Además, el recuerdo del hermano muerto y el barrio La Paz, junto a la mención de la compañera, la esposa, despojándose en el verano de todo cuanto cubre al cuerpo, como si pudiéramos desnudar un texto, me suena a Carlyle y a Roland Barthes, en ese texto que hablaba de los obsequios, comprendiendo que no es lo interior lo que atrae, sino justamente su envoltorio. Así gran parte del asombro material es superficie vacía de interior.
El vaciamiento de los signos familiares, el discurso aglutinador por excelencia, al menos en la ley y la nación, es uno de los posibles nódulos a descubrir en Alfabeto para nadie, pues aparentemente la mesura de esta poética, se debe a una comprensión ética y crítica en dichos vínculos. Los antepasados, la compañera y los críos, entonces, configuran un triste intento por reescribir esa famular o familiar historia: “ como si fuera una despedida, como si hubiéramos/ sabido de antemano que de verdad tendríamos que/ despedirnos tanto del sol como del reflejo del sol, / la última posibilidad que tuvimos de abrigarnos /con ropa o abrigo que fueran nuestros fue en la / casa de nuestros padres, donde todo sigue estando/ igual, y la ropa todavía nos pertenece como una herencia”.
Hay un retorno imposible a la tradición y el pasado, un cansancio para reescribir la historia y un débil afán de exponer las contradicciones de esos cuerpos. Tal derrota, tal fracaso instalado en el desarrollo de los poemas, también es una esperanza, una forma del recuerdo en el que podemos leer el entramado de la poesía chilena como un gran vestido que cubre un vacío. La hija, la posibilidad, es entonces la cristalización simbólica de dicha esperanza: “La ropa está desnuda, sentencia /mi hija mayor que entiende mejor que uno mismo / esto de andar presenciando con desconfianza / lo que sólo se puede mirar por vez primera: / después ya sólo el comentario, mirar la hora,/ volver como si tuviéramos que volver”.
Ciertamente la historia es un tejido, y por lo mismo, la tristeza que de modo crítico exuda Alfabeto para nadie, no es un fracaso intransitivo, tampoco es nostalgia. Quizás sea el recuerdo de esa melancolía que llevó al poeta histrión a autorrepresentarse, a fingir ser otro, cuando tenía que, como el niño o Adán, ver el mundo por vez primera , retomar el juicio de la mirada como los helenos, para descubrir que hemos estado cubriéndonos de nosotros mismos por un otro histérico. Esta melancolía es también la que comparto, la que coquetea con el silencio cuando de tanta bulla se ensordece todo, y pareciera que nada queda por decir. Cuando efectivamente debemos decir esa forma de vida que es la familia, decir esa moda con la que se visten los jóvenes para destacarse, y aun de modo triste, cargar nuestros muertos en los labios, aunque lo mejor sea callar. Aunque la gran mayoría de los poemas y las historias sean cuentos contados por idiotas, llenos de sonido y furia, que no significan nada.



3 comentarios:

V. dijo...

JM, me gustó mucho tu crítica. Lo único que me molesta un poco es la rapidez con la que te adscribes a interpretar la relación entre familia y mundo social. Si bien Adorno diría que la mejor lupa es la viga en tu propio ojo, me parece que las naturalizaciones y esencializaciones a veces nos distancian una vez más de ese a quien el otro histérico ya ha desplazado.

V.

Juan Manuel Silva Barandica dijo...

Claro, dos problemas serios: el espacio reducido y el reduccionismo. En todo caso, creo que si bien es cierto desde la familia no se puede dar cuenta de la totalidad de las relaciones sociales, puede ser un buen punto de partida para pensarlas. Esto, sobre todo ya que la familia es pensada más como argumento afectivo y lastre que como una categoría de análisis.

Probablemente la espectacularización de lo propio, lo idiota, sea también uno de los caminos para llegar a la histeria.

Gracias por el comentario. Creo que la adscripción parece repentina, aunque era decisivo mencionarla.

Un abrazo

baudelaire3 dijo...

En vuestra defensa habría que decir que la familia (algo en lo que no había reparado antes) es casi de lo único de lo que se habla, ergo para hacer la reseña había que "colgarse" de algo. Sin dejar de ser cierto lo que dice el primer comentario. La tristeza yo la asocio con cierta implacable lucidez crepuscular de quien no tiene más opciones, en tanto sujeto (si cabe la mención) social.

El presente supuestamente post-ideológico (definición falsa, lo sabemos) se asemeja a un universo post-nuclear, en el que ha caído la bomba aunque no ha estallado la guerra, guerra en la que sin embargo perdimos, aun si, como te decía, no ha estallado el conflicto.

Saludos,

CGO